InicioREGIONALMEDIO AMBIENTEMaternidad y conservación: de lo privado a lo público

Maternidad y conservación: de lo privado a lo público

Escribe: Rosmery Galván Barzola
Asociación Pro Fauna Silvestre.

La maternidad es un camino sinuoso. Te lleva a lugares a los que nunca creíste que irías emocionalmente; te acusa, te culpa, te transforma. Te cambia, y no me refiero solo al físico, sino a nuestra forma de ver la vida, de habitarla, de responder a ella. Es entonces cuando surge una nueva versión de ti misma: una mujer distinta.

Mucho se habla del impacto que tiene la maternidad en la conservación; cómo al tener a tu cría en brazos deseas, necesitas, un lugar mejor para que crezca. Desde tus posibilidades buscas la forma de lograr esa proeza que parece imposible. Pero cuando esta nueva versión de ti nace, ves el mundo con otros ojos: más oscuro, más inseguro. ¿Dónde están los parques? ¿Dónde puedo llevarlo para que entienda que la naturaleza que tanto prodigamos cuidar no es algo que solo se ve a través de una pantalla o en los libros?

Es ahí, en esa grieta entre el mundo que deseas y el mundo que encuentras, donde la maternidad se vuelve un hecho político. Donde cuidar a tu hijo o hija se vuelve, inevitablemente, conservar el planeta.

Cuando pensamos en conservación, solemos imaginar grandes espacios verdes, selvas profundas o los Andes; extensiones inmensas de tierra habitadas por múltiples especies. Sin embargo, la conservación también tiene que ver con el espacio inmediato que habitamos: las ciudades, nuestro barrio.

En una era donde el cambio climático es un hecho, necesitamos conservar, necesitamos crear conciencia, necesitamos hacer entender a nuestros hijos e hijas que el mundo en el que viven ya no es el que nosotros habitábamos; que las luciérnagas ya no despliegan su juego de luces en la noche y que el canto de las ranas en la oscuridad es ahora solo un bonito recuerdo.

Ser madre te rompe, pero también te hace entender que no puedes criar sola entre cuatro paredes, intentando excluir a tu cría de un entorno hostil. La sociedad necesita saber que la conservación es una obligación. Necesitamos barrios verdes, con espacios de recreación donde la selva de cemento no nos engulla; espacios que permitan que los niños caminen descalzos y sientan la tierra que los sostiene. Necesitamos que las áreas verdes sean un derecho y no un privilegio de barrios clasemedieros.

Se habla mucho de la seguridad ciudadana, y es un tema clave, pero olvidamos que la seguridad también implica que el lugar donde crecen nuestros hijos esté libre del humo incesante de los autos, del polvo que se les cuela en los pulmones, de la basura que lleva días sin ser recogida o de las heces de los perros a cada paso que das.

¿Criar para un futuro verde? ¿Es posible? Si involucramos a nuestros hijos e hijos en pequeñas acciones cotidianas, la idea no parece tan descabellada. Al menos nosotros lo intentamos en chiquito, desde casa; mientras en las altas esferas, los “señoros” que toman las decisiones que realmente impactan al planeta, se siguen mirando el ombligo.

Sin embargo, a pesar de todos los problemas del mundo que nos golpean diez veces más, es importante criar desde el amor y el respeto; no solo a nuestros semejantes, sino a un poder superior, mucho más grande que los egoísmos del mundo: la Tierra, que nos alberga mientras estemos de paso por esta vida.

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