Hoy nos preguntamos si la corrupción es un cáncer que ha llegado a nivel de metástasis y ya no hay nada que hacer. Debemos prepararnos para sepultar el cadáver para impedir que los buitrees quieran alimentarse incluso de sus restos putrefactos.
Otros más optimistas, consideran que somos un país en cuidados intensivos y necesita un tratamiento con los antibióticos más fuertes, porque la septicemia está infectando todos los organismos del Estado.
Sea uno y otro el diagnóstico, lo cierto es que la corrupción ha tomado por asalto el país, y no es reciente, sino que viene desde atrás. Los seguidores del maestro González Prada intentaron cambiar la historia y en la década del veinte del siglo pasado, difundieron sus ideas y crearon los partidos históricos de la república.
Pero eso quedó en los textos. La oligarquía se encargaría de hacer lo que más temía el joven Haya: que sean seducidos por los placeres que ofrecían los barones del azúcar, los dueños de las tierras y recursos del país. Y parece que ese fue el final.
Mariátegui murió muy temprano y no vio como el partido que fundará se fraccionaria en pequeñas capillas, cada una llamándose su auténtica seguidora. Hubo un memento que parecieron confluir, al formar la Izquierda Unida, pero los sectarismos terminaron destruyéndola.
Hoy no existen partidos políticos sino grupos –organizaciones criminales algunas de ellas- que se preparan para gobernar el país, las regiones, los municipios y manejar los recursos públicos, porque ahí, como dijo un candidato de las pasadas elecciones, hay plata como cancha.
Sin ideología ni principios, llamándose “independientes”, “técnicos y no políticos”, han hecho y siguen haciendo de las suyas en todos los niveles de gobierno. Hoy, como hace 100 años, somos un cuerpo putrefacto.
El reto de la generación del bicentenario es prepararse para dirigir el país que ha salido de un conflicto armado, y con gobiernos que han hecho de la corrupción el eje de su comportamiento político.
Son la reserva moral. Es una juventud que debe prepararse para tomar los destinos del país. Necesitan organizarse, como en los años aurorales de las primeras décadas del siglo XX, cuando formaron la Federación de Estudiantes del Perú, y justamente esos jóvenes fueron la base de los partidos que fundaron Haya y Mariátegui.
Hoy, desde las universidades deben organizarse y ser la base de los nuevos partidos políticos. Estamos a tiempo. Los jóvenes no son el futuro. Son el presente.



