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No elijamos fundamentalistas

Pero, con riñas incluidas, en los congresos no caben los fundamentalismos, especialmente religiosos, donde todo concluye con las palabras divinas de supuestos libros sagrados: el Corán para los musulmanes, la Biblia para los cristianos, el Canon Pali del budismo, o el Si Shu: los cuatro libros sagrados del confusionismo.

Viene a colación este tema, porque, a diferencia de las elecciones anteriores, en esta oportunidad la derecha ha logrado juntar a los grupos más conservadores de las iglesias evangélicas con los sectores reaccionarios de la iglesia católica, para formar una suerte de base político-religiosa alrededor de Rafael López Aliaga.

Está el colectivo “Con mis hijos no te metas”, que cuestiona la enseñanza con enfoque de género, la misma que es una recomendación de la Unesco y se aplica en la mayoría de los países del mundo, salvo aquellos donde los hermanos musulmanes han tomado el poder, como Afganistán, con los talibanes a la cabeza.

Estos grupos fundamentalistas, que apoyaron a Donald Trump en los Estados Unidos, tienen voceros en las iglesias. En el Perú, tenemos a un sacerdote, que hace campaña abierta por López Aliaga a través de una emisora que tiene como lema “La voz del Perú” donde tergiversa lo que plantean los otros candidatos y avala las acciones “pro familia” de López Aliaga.

Ni que decir de las iglesias cristianas evangélicas, especialmente las que se han creado monitoreadas por Estados Unidos y coincidentemente, en plena guerra Fría. Han surgido en Guatemala, con una intensa campaña desde antes de la invasión y caída de Arbenz en 1954. Lo han hecho en Colombia para combatir “la influencia atea de las FARC”.

Pero además tenemos a la casi folklórica iglesia del Nuevo Pacto de Israel, que actúa bajo la denominación de FREPAP. El fundamentalismo de esta agrupación religiosa es significativo: los hombres y las mujeres deben vestirse como se vestían en la antigüedad, cuando Jesús vivía, porque, según ellos, esa ropa la diseño Jehová.

Con gente así de obtusa no es posible dialogar. Porque todo argumento que no se encuadra con lo que dice el libro sagrado es una herejía, una blasfemia. En pocas palabras, es el discurso de los pecadores contra los hijos de Dios, es decir, ellos.

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