InicioCOLUMNISTASÖtzi, la dama de cao y la capilla Sixtina | Opinión

Ötzi, la dama de cao y la capilla Sixtina | Opinión

Lalo Quiroz | El Partero
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Las pieles disecadas de las momias egipcias de Gebelein, posiblemente, sean poseedoras de los rastros de tatuajes más antiguos de la humanidad; sin embargo, con casi 3500 años de antigüedad, los 61 tatuajes sobre la piel de Ötzi –la momia del ‘hombre de hielo’— ostentaría la mayor data. Sin embargo, en muchas tantas otras culturas de Asia, África y América, también se habrían encontrado momias tatuadas: como es el caso de la Dama de Cao, al norte del Perú. Los tatuajes que, supusieron ‘marcas’ asociadas al pensamiento mítico (mágico-religioso) de muchas de esas culturas y en algunos casos con cierto carácter medicinal, con el tiempo se convertirían en ‘marcas’ indignas; los principios fundacionales de la civilización eurocéntrica, desde su estrecha otredad, les quitaría su esencia cultural y hasta su expresión estética en nombre de los valores puritanos y victorianos de occidente.

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La Ilustración del siglo XVIII, en Europa, habría promovido importantes cambios a nivel político, social, económico y cultural; los cuales, con la implantación de la República, reconocerían derechos civiles, sociedades igualitarias y libertades del individuo. Así, aparecía el paradigma civilizatorio de occidente que se universalizaría a través de sus colonias. Sin embargo, su concepción de cultura se quedaría restringida a sus principios filosóficos y estéticos grecorromanos; en donde el arte –neoclásico y renacentista— y el conocimiento eurocéntrico se erigirían como el modelo a seguir. Así, dicha concepción de cultura –y sus valores— convertiría en “cultos” a los que se acercaran a la misma y convertiría en “incultos” a los que se alejaran (o se resistieran). El reconocido sociólogo peruano Aníbal Quijano, plantearía que tras las invasiones coloniales se establecería –como parte de su patrón de poder— la reclasificación de la población mundial, a partir de las diferencias que se generarían a partir de un elemento único: la idea de raza. Sin embargo, para Quijano, esta categoría sería una invención que no tendría ningún lazo con la estructura biológica de la especie humana; sino que, serviría para establecer una jerarquía social a partir de las diferencias de los rasgos fenotípicos entre los colonizadores y los colonizados. La categorización racial, que separaría al europeo o blanco del no-europeo –indio, negro– y mestizo, establecería una jerarquización, entre ‘razas superiores’ y ‘razas inferiores’ –razas civilizadas y razas primitivas—. Las razas primitivas e incivilizadas usarían tatuajes.

Así, el racismo se convirtió en una ‘marca’, así como los tatuajes que se usaban para marcar a los animales o a los esclavos como símbolo de propiedad. Si bien, en la actualidad, los tatuajes han sido ‘aceptados’ gracias a los ‘astros’ del fútbol y a las ‘estrellas’ cinematográficas y musicales –y los mass media—; sin embargo, aún guardan reminiscencia y se siguen asociando –sobre todo, en sociedades muy conservadoras— a delincuentes, prostitutas, drogadictos, vagos y cualquier persona de ‘mal vivir’. En sociedades así, altamente prejuiciosas, no cabría ninguna posibilidad de que alguien tatuado sea una ‘persona de bien’; como sería el caso, por ejemplo, del ex Ministerio de Cultura de República Checa, Vladimir Franz.

Y es que, ‘el cuerpo es el templo de Dios’. Claro que sí, por eso mismo la famosa Capilla Sixtina en el Vaticano sería embellecida por Miguel Ángel; así, como la tatuadora Maud Wagner lo haría ‘oficialmente’ sobre su piel, con esta manifestación artística de nuestras culturas ancestrales.

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