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Peligro: electores con pensamiento crítico | Opinión

Jesús Ospina | Símbolos y gestos
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Se sabe que en el Perú la mayoría de partidos no hacen campaña política, sino campaña electoral. Es decir, solo se activan políticamente en las elecciones. De allí su poca credibilidad y cercanía con la población. No representan intereses y emociones arraigadas, sólidas, amplias, de un sector social, sino buscan “pescar” en mar abierto, una representación momentánea, urgidos por la coyuntura electoral, y son llamados “electoreros”.

Por eso, requieren del populismo regalón o prebendario, del clientelismo criollo. Ofrecer dádivas, tapers, polos, inventar leyes, normas o lo que sea para obtener votos. Como en el imperio romano se daba pan y circo para adormecer y ganar la lealtad de la turba, desde el siglo XIX y XX, los hacendados y oligarcas daban el día de la votación “butifarra” (sándwich de jamón) y pisco para comprar votos.

El político tradicional no ofrecía ciudadanía ni derechos, sino comida. Era el símbolo de que luego él se encargaría de alimentarlos. Pero con el tiempo, surge un pensamiento crítico -no en todos es verdad- de que satisfacer una necesidad del momento a cambio de poder, no le soluciona el hambre ni su situación a largo plazo. Y con el paso de las décadas, queda claro que ha habido mucho engaño, compra, estafa. La política está cambiando, o mejor, corrigiéndose desde abajo.

Y tras casi 50 años de procesos electorales democráticos -con el interregno dictatorial de Fujimori en los 90, donde por presión social nacional e internacional se regresaba a la democracia tutelada o autoritaria, si cabe el término-, y con presencia de una izquierda marxista crítica de la democracia elitista, se está gestando un criterio propio, un análisis personal electoral. Hoy se sabe de engaños, de intereses, a veces oscuros y ocultos.

Para la gente, aunque muchos candidatos tradicionales de izquierda y derecha no lo acepten conscientemente, las campañas electorales son un momento para reconocer los derechos de participación, es decir, que el ciudadano sea el centro de la campaña, no el político. Se busca mayor participación, y si no lo encuentran, expresan un pensamiento crítico y opiniones contra los propios políticos a quienes apoyaban inicialmente.

Un caso sonado y expresivo es del partido Sí Creo. Muchos creyeron que su líder representaba el cambio y la emergencia social contra congresistas catalogados por amplios sectores, como miembros de un pacto mafioso. Lo nuevo fue que, como respuesta a la candidatura de un congresista militar que había terruqueado sin pruebas a mucha gente del sur, diversos militantes quemaron polos, borraron pintas y salieron públicamente a romper con el partido.

Señal inequívoca de que la gente ya no es “manada”, “turba”, “masa”. Hay una naciente madurez cívica y política, una revolución electoral. Se está gestado una capacidad para formarse una opinión e interpretación personal electoral. Cada vez es más difícil seducir, engañar, hacer demagogia. Mucha gente popular no cree lo que dicen los medios masivos de comunicación ni confía en sus intelectuales. Hoy creen más en sus propios y nacientes intelectuales.

Por eso, las campañas tradicionales que privilegiaban el monólogo vertical del candidato/a, que por serlo cree estar por encima, no enganchan fácilmente con la población. Fallan las campañas que no aprovechan el momento para reconstruir el puente roto entre Estado y sociedad. No se percibe un diálogo horizontal; al contrario, persistiría la vieja figura del “líder” que habla hacia los de abajo, desde la tarima electoral, sobre todo a través de las redes sociales.

En los afiches y videos que aparecen, no se percibe consciente o inconscientemente, una escucha activa ni vínculo dialógico profundo. En regiones con heridas históricas y brechas abiertas por gobiernos anteriores, el candidato debe bajar al llano a conversar de igual a igual, para impactar y trascender. Y hay candidaturas que caen en la invisibilidad, a pesar de anuncios y entrevistas, por falta de diferenciación. Otras generan polémica por vacíos o contradicciones, por historias cuestionables, pero no se percibe un control de daños.

Además, desde la consultoría estratégica se observa que están ausentes las fases técnicas para una campaña más efectiva. Lo veremos luego.

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