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Por qué nos resulta difícil saber elegir | Opinión

José Mallma | El diario de Polideo
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Se acercan las elecciones generales en el país y millones de electores aún no han decidido su voto entre los múltiples candidatos de nuestra fauna electoral. No es fácil decidir en las condiciones en las que se nos presentan las opciones. Incluso diría que, para muchos ciudadanos, resulta más sencillo saber por quién no votar que elegir con convicción a alguien.

La respuesta no es simple, pero podemos identificar algunas causas. La primera es el propio sistema de partidos. En una democracia representativa, los ciudadanos no eligen el menú, sino apenas los platillos que se les ofrecen. Son los partidos políticos los que seleccionan a los candidatos y, con demasiada frecuencia, estos no son los más idóneos, sino aquellos que logran imponerse por razones que poco tienen que ver con la meritocracia o la integridad. Así, el ciudadano queda reducido a escoger entre opciones limitadas y, muchas veces, poco satisfactorias.

La segunda causa es la cultura del “mal menor”. Nos hemos acostumbrado a elegir no a los mejores, sino a aquellos que consideramos menos perjudiciales. Hemos renunciado, casi sin darnos cuenta, a exigir excelencia, honestidad e idoneidad en la política. Nos conformamos con que el siguiente no sea peor que el anterior. Esta lógica resulta profundamente dañina, porque implica claudicar en la misión democrática de elegir a los mejores representantes. Terminamos aceptando lo que hay y, dentro de una clase política debilitada, buscamos apenas lo menos malo.

Desde luego, no todo es responsabilidad del sistema. Los electores también tenemos una cuota importante de responsabilidad. Informarse es una condición indispensable para ejercer el voto de manera consciente. Sin embargo, el propio sistema dificulta esa tarea: propuestas poco claras, mensajes contradictorios y una abundante dosis de demagogia hacen que la transparencia sea cada vez más esquiva.

A ello se suma otro problema: la personalización de la política. Muchas veces se vota por el rostro visible del candidato, por el líder o caudillo que figura en la propaganda electoral. Pero rara vez se analiza quiénes lo rodean, cuál es su equipo técnico o qué capacidades tienen quienes eventualmente ejercerán el poder. Nadie gobierna solo. Un gobierno es, en esencia, un equipo, y son esos cuadros técnicos los que diseñarán e implementarán las políticas públicas que regirán nuestras vidas durante los próximos cinco años.

Finalmente, la causa más preocupante es el desencanto ciudadano. Existe una profunda desilusión con la política, alimentada por promesas incumplidas y reiteradas experiencias de frustración. Esta desconfianza erosiona la motivación para elegir y debilita el compromiso cívico. Sin embargo, el ciudadano peruano tiene la capacidad de decidir con autonomía y razonamiento, y de no repetir los errores del pasado.

Quizás ha llegado el momento de corregir el rumbo. No solo eligiendo mejor, sino también otorgando al próximo gobierno las condiciones necesarias de gobernabilidad, como una representación parlamentaria consistente. Si algo ha debilitado nuestra institucionalidad en los últimos años ha sido la fragmentación del poder y el control del Congreso por grupos partidarios, que lejos de contribuir a la estabilidad, han condicionado, obstruido o incluso cogobernado desde las sombras.

Es momento de revertir esa situación con el poder soberano que tiene el pueblo de ejercer la voluntad popular. De desterrar, mediante una decisión informada, a aquellos actores políticos que nunca han representado verdaderamente los intereses del país. Elegir no es fácil, pero sigue siendo la herramienta más poderosa que tenemos para cambiar el rumbo de nuestro país y darles la oportunidad a las futuras generaciones de recibir una nación transformada y renovada, sin arrastrar los males que han perseguido siempre al Perú.

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