La ola conservadora impulsada por corrientes religiosas fundamentalistas -que tiene como mira frenar el avance de los derechos de la mujer-, no es un problema exclusivo del Perú y de un congreso inepto como el peruano, donde se presentan leyes anacrónicas, sino la respuesta del patriarcalismo ante los avances de la mujer en la educación, la economía y la política.
Donde se ha manifestado con mayor nitidez este retroceso, es en los países de oriente medio, donde el fundamentalismo islámico llevado al extremo, como en Afganistán, impide que las niñas vayan a la escuela y menos aspiren a estudios universitarios. Afganistán, que en algún momento fue una república democrática popular laica, es hoy un estado teocrático islámico gobernado por los talibanes.
Pero el fundamentalismo no es sólo musulmán. El fundamentalismo cristiano es igual de perverso frente a los derechos de las mujeres. En base al contenido de textos llamados sagrados, se repite de manera permanente cuales son los roles del hombre y de la mujer en un hogar.
Así, resulta que el proveedor en el hogar es el varón, que lo convierte en jefe de la familia, relegándose a la mujer al cuidado de los hijos, sin poder incluso definir el número de hijos: será los que el marido está en condiciones de mantener y si pasa de una docena, bienvenidos sean.
El rol económico asignado al varón, hace innecesario que la mujer acceda a una educación que la libere de esta dependencia económica. En las sociedades modernas capitalistas y mucho más en las sociedades que tienen modelos económicos socialistas -que todavía existen- la mujer adquiere roles cada vez más importantes, tanto en la economía como en la política, que surge de su acceso a la educación superior universitaria.
Nada de esto quiere el fundamentalismo, y han decidido atacar, en el caso peruano, en varios frentes, utilizando a las iglesias evangélicas y católicas conservadoras y a grupos de extrema derecha como “con mis hijos no te metas”, con mentiras o medias verdades, apareciendo como “defensoras de la familia tradicional”.
En lo educativo, cuestionan la educación con mirada de género, tergiversando su contenido. Sabemos que lo fundamental de esta educación, es que los niños y niñas no sean encasillados en que tipos de juguetes pueden utilizar o cuáles son juegos de niños y cuales son de niñas. Eso son los prejuicios inducidos por una educación patriarca que debe superarse y se hace evidente en los regalos: regalar muñecas y cocinas a las niñas, muestra que su futuro es el cuidado de los hijos y la alimentación del futuro marido y su prole.
A diferencia, a los niños se les regala camiones y armas, porque ellos serán los proveedores de recursos económicos que alimentan, visten y dan comodidades a los miembros de la familia; y las armas porque ponen orden -en c asa y en la sociedad- porque el ser proveedor, le da derechos sobre los demás integrantes del hogar, y tener armas, el poder.
Eliminar estos estereotipos no es tan fácil, porque está arraigada profundamente en el subconsciente colectivo, producto de una educación discriminatoria contra la mujer, y reforzada por dogmas religiosos, que emanan de “textos sagrados”, donde el varón aparece como la personificación del orden otorgado por el creador.
Para sacar a los niños de esa educación segregacionista, con desventajas para la mujer, encasilladas en roles sociales predefinidos, es la tarea del momento, impulsada a nivel mundial por organismos como la Unesco.
La educación inclusiva con enfoque de género busca construir entornos educativos equitativos, donde todos los estudiantes desde los primeros niveles, puedan desarrollar sus potencialidades, al margen de su género. Esto debe permitir que, en el futuro, se tenga sociedades más justas e igualitarias, con plenos derechos para hombres y mujeres.



