La regionalización tiene la virtud de haber acercado al estado con los ciudadanos. Un prefecto, la máxima autoridad en el periodo anterior a la regionalización, era el representante del presidente de la república, pero en la práctica era un funcionario de tercer nivel que dependía de la dirección de gobierno del Ministerio del Interior.
Un gobernador regional no es el funcionario que propone un oscuro director de gobierno. Es, por el contrario, elegido en un proceso electoral y tiene autoridad reconocida en su región. Es el responsable del pliego presupuestal de su región. Y por eso, es también vulnerable a cualquier investigación de malos manejos durante su gestión.
Esto es lo formal. Se supone, que los movimientos regionales y los partidos políticos que compiten en los procesos electorales, inscriben como candidatos a cuadros con la capacidad y el talento para dirigir y administrar una región y llevarla a su desarrollo.
Esto es lo que esperamos y la realidad es otra. En estas dos décadas han pasado por la gobernación regional dos presidentes: Omar Quesada y Ernesto Molina, un presidente y gobernador, Wilfredo Oscorima y, en la actualidad está el gobernador Carlos Rua.
Es entendible que los gobiernos de Quesada y Molina pertenecieron a la etapa de tránsito de un gobierno centralizado -y lo fue muchos más durante la autocracia de Alberto Fujimori- y por tanto existían sectores que se resistían a ceder sus atribuciones a los gobiernos regionales, como fue el caso de una directora regional de educación y su conflicto con la gerencia de desarrollo social, de la que dependía.
Pero una experiencia importante fue liderada por la Mesa de Concertación de Lucha Contra la Pobreza en el 2010, que contó con el apoyo del Acuerdo Nacional: la elaboración de un Acuerdo Regional para Ayacucho, que ponga al ciudadano por delante. Fue producto de debates en las que participaron los partidos políticos, los movimientos regionales y la sociedad civil.
Lo suscribieron todos los candidatos y se comprometieron a llevarlo adelante. Nunca se cumplió. Quien ganó las elecciones, Wilfredo Oscorima, envió al tacho de basura el Acuerdo Regional. No le interesó en absoluto los lineamientos de gobierno como políticas regionales.
Contó con un coro de adulones, y como tenía “plata como cancha” y “trago para llenar piscinas” lo siguieron y le aplaudían todo el desastre en que dejó la región.



