Nada de que enorgullecernos. De ningún modo podemos ir diciendo por todo el país y en las redes sociales que somos los primeros, los inigualables. Al contrario, nos vemos obligados a bajar la mirada reconociendo que las autoridades nos han decepcionado, que no sabíamos hasta donde llegaba la corrupción en nuestro medio.
Pero de ninguna manera podemos mantener un silencio cómplice. Debemos asumir que somos responsables, porque nosotros los elegimos y confiamos en ellos la administración de los recursos de la región. Reconocer que los profesionales, que acompañan a los actuales gobernantes, no tienen la calidad ética y moral que se requiere en quienes maneja los dineros públicos.
Lo más grave, sin embargo, es que somos la primera región en actos de corrupción durante la pandemia. En esas condiciones el delito es mayor, porque se aprovecharon de la libertad que se les dio para realizar las compras, confiando en su honestidad, y se aprovecharon de la flexibilidad de las normas para sobrevalorar los precios.
¿Y qué compraron? Los productos para proteger al personal médico y de salud que trabajaba con personas que tenían el Covid 19. ¿Cuántos médicos, enfermeras y otros trabajadores de la salud cayeron enfermos -algunos murieron- porque no les dieron los barbijos o mascarillas adecuadas? Esta es la principal responsabilidad de estos trabajadores que las compraron sobrevaloradas, a destiempo y de mala calidad.
Desterrar la corrupción es difícil, pero no imposible. Una sociedad donde sus profesionales se aprovechan de las tragedias que la enlutan, para enriquecerse indebidamente, es una sociedad que ha perdido sus más elementales valores de honestidad y solidaridad. Es una sociedad sin futuro.
Y eso somos. Una sociedad construida en las últimas tres décadas, con lecturas que destacan los éxitos profesionales en función del mínimo tiempo para volverte rico. Y para alcanzarlo, todo vale.
Con una sociedad así, estamos pisando el fondo del hoyo en el que hemos caído. Pero no todo está perdido.
Hay una juventud, como en toda sociedad que está presta para entender el valor de la vida. Y con ellos, es tiempo de comenzar a construir una nueva sociedad con valores, donde la honestidad y la solidaridad estén por encima de la riqueza material. La felicidad no se compra en los mercados y no viene en el asiento de un auto de lujo.



