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El parque de Fabulinka 200

¡CAPERUCITA ROJA EN HUAMANGA!

Nunca te has preguntado: ¿Y qué pasó con Caperucita Roja después del hecho que ocurrió con el lobo?… pues, ahora lo vas a saber: Resulta que Caperucita Roja, se asustó como nunca, paraba temblando, no comía, tenía pesadillas y problemas para dormir; no podía ni conversar con nadie, no salía a jugar, le causaba pánico oír la palabra “bosque”. Por todas esas cosas, un psicólogo aconsejó a su papá (¡en el cuento ni lo mencionan, caray!) y a su mamá, a que la llevaran lejos, lejos donde nadie le haga recordar tan infausto suceso, “está mal de los nervios, ¿quién estaría bien después de estar en la panza de un lobo?”, añadió. El abuelo Don Porfirio, manifestó que tenía parientes en el Perú, exactamente en Huamanga, Ayacucho, un pueblo de los andes.

Días después, Caperucita se despidió de su abuelita, a la cual la trajeron a casa, para que no esté en el bosque solita. “Cuídate querida nieta, te quiero mucho”. “Yo también abuelita, hasta pronto”.

Y fue así como Caperucita, enferma de los nervios, subió a un avión y cruzó el Océano Atlántico… Una mañana, en la Empresa de Transportes Molina, llegó a Huamanga acompañada de sus padres. Nadie lo sabía… hasta que Magno Sosa, periodista ocioso, perdón, acucioso, dio a conocer la noticia: “¡Caperucita Roja está en Huamanga, Caperucita Roja está en Huamangaaa…!”. Y los niños y niñas, por cientos, presurosos, curiosos, pronto estuvieron en casa preguntando por ella. Pero sus familiares supieron contestar: “Ha viajado a Huanta niñuchas, cuando regrese les avisaré”. Los niños se fueron corriendo, otros en caballos y burros y otros en buses, hacia ese lugar… Y la verdad es que no se había movido de casa y con el fin de que no la reconocieran y pudiera estar tranquila unas semanas, se les ocurrió vestirla con un poncho de alpaca; y así jugaba con sus primos y primas, sin salir de casa, por el zaguán nomás. “Aquí no hay lobos, así que tranquila nomás primucha”, le dijo una de ellas.

Pero humm… ¿ustedes creen que los familiares del Lobo Feroz, se quedaron tranquilos con su muerte?… nooo estaban molestísimos, los familiares de él estaban furiosos, bramando: “¡No debieran matarlo así a nuestro pariente quien no era feroz, nomás padecía de tos; grrr vamos a vengar su muerte grrr…!” Así que noche tras noche estuvieron rondando la casa de Caperucita Roja y veían a la abuelita nada más. Una mañana, en que la abuelita salió a comprar pan, dos lobos disfrazados de personas, preguntaron por ella: “Somos sus amigos y queremos jugar con ella”, le dijeron; y la abuelita, inocentemente, les dijo: “Se la han llevado al Perú, a un pueblo llamado Ayacucho”. Se quedaron taimados, perplejos, zonzos, rascándose la cabeza sin poderlo creer. Ya en casa, uno de los lobos, manifestó: “¡Vamos a llamarlo por celular a nuestro primo el zorro! “Pero no tenemos su número”, dijo otro. “Ya sé que vamos a hacer –dijo el tercero- actualícense pues, vamos a buscarlos por internet, por Facebook”.

Y así lo hicieron, la tecnología ayudo a los enfurecidos lobos a encontrar al Zorro Andino, quien enterado de los hechos, juró vengar la muerte de su primo, el lobo que no era feroz, nomás tenía tos. “Pobrecito, echarle piedras en la panza, debe haberse ido de hocico varias veces por el peso y por la tremenda sed que tenía, seguro se ahogó en el río”. En la noche, después de la cena, continuó el Zorro Andino analizando la situación, concluyó que “mejor es no hacer nada hasta que pase un tiempo, pero…”.

El tiempo pasó volando volando y Caperucita se adaptó y un mes después –con ayuda de sus primos y primas- ya estaba calmada, ya no temblaba, podía dormir, sonreía; definitivamente se había olvidado el asunto del lobo y se aprestaba a salir a la calle. Ella no sabía pero todo ese tiempo estaba vigilada por el zorro majadero, quien vigilaba la casa donde ella vivía.

Caperucita Roja aprendió a pelar tuna y ni una sola espinita, se insertó en sus manos; aprendió a comer cancha, caputo, y como paraba en casa, aprendió a cocinar ricos potajes como puca picante (pero sin ají, porque era niña); guiso de quinua con queso, tamales, pachamanca, entre otros platos. Lo que se volvió su comida favorita fue la sabrosísima patasca o caldo de mondongo; cada domingo esperaba con ansias que le sirvan aquella comida.

Dos meses después ya salía de casa, acompañada de sus primos; tres meses después, ya jugaba a la matagente, a las escondidas, juegos de internet… pero una tarde que regresaba sola, le llamó la atención el interior de una casona, donde unas voces cantaban huaynos y carnavales “Adios pueblo de Ayacuuchoo perlachallay, tierra donde yo he naciiidoo perlachallay… Yo no quiero ser el hombreee… ”. La curiosidad pudo más que los consejos de mamá, abrió la puerta y entró a un zaguán. Allí conoció después de saludar, a los cantantes Kiko Rebatta, Consuelo Jerí y al compositor, un abuelito que la cautivó con su guitarrear y su gracia al conversar: Ranulfo Fuentes; y de ellos aprendió canciones ayacuchanas que le hicieron bailar y zapatear, hasta ponerse muy contenta.

A la mañana siguiente, al despertar, Caperucita Roja, le dijo a su mamá: “¡Quiero aprender a tocar guitarra!”. “¿Quééé?, ¿cómo se te ocurre esto”, preguntó la mamá. “Es que cerca de aquí, a solo 5 cuadras vive un abuelito que me puede enseñar”. “Pero hija, ¿quién te va a acompañar?”, “Ay mamá, todo el tiempo no voy a estar acompañada, además, ya estoy tranquila, no pasa nada”, argumentó ella.

Dos días después, Caperucita, acompañada de su mamá y guitarra nueva en la espalda, tocaron la puerta: ¡Toc, toc, toc…! “¿Quién es?”, preguntó el abuelito Ranulfo. Y pasaron, conversaron y quedaron de que tres veces por semana, iría la niña a estudiar Canto y Guitarra.

Y así pasaban los días tranquilos, hasta que un día Caperucita, se despidió de su mamá y de sus primas y se encaminó a casa del abuelito Ranulfo; pero minutos antes, el zorro majadero se adelantó y tocó la puerta ¡Toc, toc, toc…! “¿Quién es?, preguntó el abuelito Ranulfo. “Soy yo, maestro Ranulfo – imitó la voz de Caperucita- vengo a decirle rapidito que hoy no podré venir a mis clases de Canto y guitarra, hoy saldré de paseo a la pampa de la quinua con mis primuchas”. “Ya, está bien Caperu…”. Cuando abrió la puerta, ya la voz había desaparecido rápidamente.

El abuelito Ranulfo Fuentes, enterado por boca de su paisano, el escritor Marcial Molina, que dos colegas: Socracha Zuzunaga y Fabulinka, estaban de visita en Huamanga, inmediatamente se vistió y ansioso, exclamó: “¡Será motivo de ir a verlos!”.

Esto fue aprovechado por el Zorro majadero, quien astutamente abrió la puerta con una ganzúa y entró. Ya dentro calculando la hora en que llegaría Caperucita Roja, abrió un ropero de madera y sacó las ropas del abuelito y se las puso. Un momento después, cansado de tanto afán, diciendo “Voy a echarme un ratito en la cama”, se quedó dormido…

Pronto, Caperucita Roja, tocó la puerta: “Toc, toc, toc…!” Y nadie contestó. Volvió a tocar con más fuerza: “¡Toc, toc, toc…! Y se abrió la puerta, que estaba junta nomás. “¿Qué raro?”, pensó Caperucita. Entró y se sorprendió no encontrar al maestro en la sala, se fue al dormitorio y entro en el instante que el Zorro se despertaba ataviado con el vestuario del compositor. “¿Por qué hoy estas en cama, maestro?, preguntó la niña sin saber quién tenía al frente. El Zorro, dijo imitando la voz del maestro Ranulfo: “Ehhh es que hoy niña, amanecí mal de la garganta y por eso me quedé en cama”. Pero por dentro, él pensaba “¡Que se acerque más y zuácate, la ataco!”. Caperucita, volvió a preguntar: “Maestro ¿y por qué hoy tienes las orejas grandes?”. “Ehhh niña, es que a todo músico a veces le crece grande para oír mejor”. “¿Y por qué hoy tienes la nariz roja como tomate?”. “Ehhh es que ya te dije que hoy amanecí mal con la gripe”. En ese momento Caperucita ya estaba más cerca, que es lo que quería el zorro para avan
zar sobre ella, cuando se le dio por estornudar “¡Ach achh achisttt…!”. La niña se alejó para evitar las mucosidades de aquella nariz. Y volvió a preguntar: “¿Y por qué tienes hoy los ojos rojos rojos?”. “”¡Son consecuencia de la gripe, niña!, (niña preguntona caray, ya verás)”. “¿Y por qué tienes la boca tan grande?, ¡hoy parece que fueras hocicón!”. El Zorro, ya molesto de tantas preguntas, ansioso de vengar de una vez, a su primo, el Lobo Feroz; y el llamarlo hocicón, no resistió más y botando las ropas, se abalanzó sobre ella…

Pero en ese instante, apareció Magno Sosa, el periodista ocioso, perdón, acucioso, que logró captar en video esos instantes únicos y dijo: “Heyy Zorro majadero, embustero, suelta a la niña, ya te tengo registrado en mi cámara de video, con esto tienes para varios años en la cárcel. El zorro mirando a uno y otro lado, sin saber qué hacer, solo atinó a balbucir: “Ehhhh…”. Y soltó a la niña, pero cuando quiso salir por la puerta, unos niños con garrotes lo amenazaban; entonces quiso salir por el techo y también niñas con garrotes, lo esperaban; quiso trepar la pared… pero cuando se dio cuenta, ya caían en él, cientos de niños y niñas, gritando como un coro de avispas furiosas…

Rato después apareció la policía y se llevó al zorro ante la justicia. Luego apareció el maestro Ranulfo. Magno Sosa, le explicó lo que había pasado y los niños y niñas fueron acompañando a Caperucita Roja, a su casa. Al día siguiente, los titulares de noticias nacionales e internacionales era: “Zorro ladino, por querer vengar la muerte del Lobo feroz, termina atrapado por niños”. “En Perú, Caperucita Roja, se salva, de las garras de un zorro andino”…

Gracias a una ley que permitía castigar de inmediato, la famosa ley de flagrancia, sentenciaron al zorro a una larga condena y cuentan que por las noches, si escuchas unos largos quejidos, son del Zorro que vive encarcelado: “¡Mi primo el lobo terminó ahogado, yo terminaré encerrado ¡auuu…!”.

Y así termina este cuento, ubicado en Huamanga, Ayacucho, donde a Caperucita Roja… ¡la quieren mucho!

SI CAPERUCITA FUERA TU VECINA, ¿QUÉ HUBIERAS HECHO?

 

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