Para tratar de entender su pertinaz negativa de pertenecer o haber pertenecido a las filas de Sendero Luminoso, ha llegado a límites inverosímiles de sinvergüencería o de sinvergüenzón, que nos convierte en críticos de estas aseveraciones del susodicho personaje; y para su mejor análisis vamos a recurrir al diccionario, vulgo “mataburros” para calificarlo correctamente:
Vergüenza, adj. Turbación de ánimo causado por el miedo o la deshonra o al ridículo, deviniendo en palabras afines como vergonzoso, vergonzante y vergonzosamente. Adjetivo donde no podemos ubicar a nuestro cuestionado “paisita”, porque las bárbaras argumentaciones que manifiesta sin siquiera ruborizarse, para desmentir las preguntas que le hacen los periodistas y las pruebas documentales que le presentan, le eximen de este calificativo. Por lo tanto, Maraví no siente vergüenza ni remordimiento de sus actos pasados; y como buen “jara uya” refuta a sus interrogadores muy suelto de huesos y aplomo que debe dar envidia a sus jefes y mentores Bellido y Castillo.
Sinvergüenza, adj. Persona descarada, que no tiene vergüenza. Adjetivo que también deviene en sinvergüencería, de poca vergüenza; sinvergüenzón, muy sinvergüenza.
El adjetivo que mejor le define a Maraví es sinvergüenzón, porque a él no le da “ni chicha ni limonada” las preguntas y cuestionamientos que le hacen, porque se siente protegido por sus aláteres.
Estos cuestionamientos al casi exministro de trabajo, nos trae a la memoria innumerables actos de terror que padeció el Perú y principalmente nuestra tierra desde inicios de la “guerra popular” como pomposamente califican ellos al terrorismo de esos años y recordar cada uno de ellos, causa dolor y repudio.
Los Atestados Policiales donde aparecen sus nombres, junto con los de otros terroristas cuyos actos criminales ya son imposibles negar, como los de Edith Lagos, los hijos del Dr. Efraín Morote; y principalmente de su suegro Hildebrando Pérez Huarancca, “el carnicero de Lucanamarca” (es su verdadero alias). La Policía Nacional no los ha inventado solamente para calumniarlo porque su cara les era antipático, o por cualquier otra razón; eso, ni su abuelita le creería. Por eso, la facilidad y solvencia con que niega cualquier acusación o pregunta que le hacen, no sufre ninguna alteración en su semblante, ni se le quiebra la voz, que comúnmente le sucede a cualquier persona normal puesta a prueba en tales coyunturas.
Su postura o actitud lo calificaríamos legítimamente con nuestro hablar popular del huamanguino, “es un coles mascara” (sin acentuación) que le cubre la cara una máscara de col (verdura, conocido como coles en el habla popular) o un “jara uya” , que tiene la cara de cuero o zuela, que no se le arruga la cara con cualquier desfachatez que declara o sostiene, así sea ésta, una verdad más grande que el Campanayoj.
Sobre la muerte o desaparición de Pérez Huarancca “El Carnicero de Lucanamarca” no existe ninguna prueba definitiva. Unos sostienen que pudo fugar hacia Europa, Continente que los acoge con simpatía, porque los consideran “Luchadores sociales” y no terroristas, les protegen económicamente como “refugiados políticos”. Así están los suegros de Abimael y otros que conozco.



