InicioEDITORIALAyacucho y la década del terror | Editorial

Ayacucho y la década del terror | Editorial

En primer término, es necesario aclarar a periodistas, políticos y analistas cuando vinculan a Abimael Guzmán con la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga. Guzmán fue profesor, de la UNSCH hasta 1975, es decir 5 años antes de que “le declare la guerra” al estado peruano.

Y no se retiró de la universidad cristobalina, sino que fue separado de la UNSCH, luego de un proceso disciplinario que le siguieron a él y una treintena de profesores del entonces departamento de Ciencias de la Educación.

Aclarado que cuando se inició el conflicto armado interno Guzmán ya no tenía ninguna vinculación con la Universidad de Huamanga, pasemos a ver lo que vivió Ayacucho entre 1980 y el 2000. Fue una década de terror, utilizado por sendero luminoso como su método de lucha. Por ese terror, convertido en su práctica permanente, esa organización es considerada como terrorista.

Los actos de terror impuestos por sendero luminoso fueron crueles y denigrantes para las personas, en su mayoría campesinos de las zonas rurales.

Ha muerto Abimael Guzmán, quien aplicó, al igual que Maximiliano Robespierre, la práctica del terror como método para aterrorizar a la población y someterla a sus dictados.

Los que vivieron en la ciudad supieron de las amenazas y las ejecuciones extrajudiciales. Los paros armados fueron la práctica del terror impuesto a la sociedad de manera total, porque los que vivieron en esos años recuerdan que los que no acataban estaban condenados de muerte.

Durante esos días, la población vivía con los nervios en punta. Cualquier desliz podía significar el paso erróneo y terminar muerto, porque todos temían a “los mil ojos y mil oídos del partido”.

Sin embargo, los testimonios de los llamados “juicios populares” describen mucho más el terror a que eran sometidas las comunidades campesinas obligadas a presenciar los llamados juicios populares, en los que fueron asesinados comerciantes y autoridades locales de esas pequeñas aldeas que son capitales de distrito.

Las víctimas, no eran los grandes burgueses compradores ni los señores feudales que supuestamente gobernaban el Perú, de acuerdo a las delirantes y antimarxistas conclusiones de su descripción de la sociedad peruana. Eran por el contrario humildes gobernadores, jueces de paz y alcaldes tan pobres como los otros pobladores de sus pequeños poblados andinos.

En un escenario propio de una película de terror, los que fueron testigos de estos juicios populares, narraron a la Comisión de la Verdad, como la autoridad era humillada, obligada a ponerse de rodillas frente al “comisario político de sendero luminoso” y reconocer, y pedir perdón, por crímenes que no había cometido y aceptar ser asesinado, “ajusticiado”.

La muerte era cruel, y la mayor crueldad, era que sus familiares, esposa, hijos, padres, hermanos, todos tenían que estar presentes en el juicio y en la ejecución de la autoridad, a quien le cortaban la lengua, le sacaban los ojos antes de degollarlos. Ese es el mejor ejemplo del terrorismo que utilizó sendero luminoso para imponerse en las comunidades campesinas de nuestra región.

Ha muerto Abimael Guzmán, quien aplicó, al igual que Maximiliano Robespierre, la práctica del terror como método para aterrorizar a la población y someterla a sus dictados. Genocida y terrorista por sus prácticas, murió en la cárcel, donde estaba confinado luego de un juicio justo en una sociedad democrática, pese a todas sus limitaciones.

Coincidencia o no. Muere el 11 de setiembre, un día antes de que se celebre los 29 años de su captura. El 11 de setiembre de 2002 fue el atentado terrorista dirigido por Osama Bin Laden a las torres del Centro Mundial de Comercio en Nueva York. Y, en Chile, el 11 de setiembre de 1973, Augusto Pinochet inició una época de terror en Chile.

Los tres cometieron crímenes de lesa humanidad. Terroristas los tres, pese a que pensaban diferente: maoísta el primero, fundamentalista musulmán el segundo, y neoliberal y militar el tercero. El terrorismo no es una ideología, es una práctica.

Diario Jornada
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