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La Semana Santa de Ayacucho: entre el rito y el espectáculo | Opinión

Nelson Pereyra | Larga duración
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La Semana Santa es la celebración más importante de Ayacucho. Es el resultado de una armoniosa confluencia de varias procesiones instauradas en distintas épocas, que escenifican con fidelidad la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, una particularidad que no se observa en las Semanas Santas de otras partes del mundo.

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Pese al transcurso del tiempo, la Semana Santa ayacuchana ha conservado ritos y ceremonias provenientes tanto del pasado remoto como del pasado más reciente. Las procesiones más antiguas (las de Jesús Nazareno y Pascua de Resurrección) probablemente se instauraron en el siglo XVII. Las del Domingo de Ramos y el Viernes Santo surgieron en la segunda mitad del siglo XIX. Las demás fueron creadas o restablecidas en el siglo XX. No obstante, como toda manifestación cultural, la celebración actual ha cambiado en su estructura, al compás de las transformaciones experimentadas por la región, la religión y la Iglesia Católica en los últimos tres siglos.

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Una transformación importante ocurrió a mediados del siglo XIX, cuando la Semana Santa se vinculó con las ferias ganaderas de Chupas y Acuchimay, surgidas con la expansión del mercado interno. Otro cambio tuvo lugar a inicios del siglo XX, cuando el obispo Fidel Olivas Escudero dispuso su reordenamiento para propósitos disciplinantes. Más adelante, en la segunda mitad del mismo siglo, las procesiones y ferias fueron definidas como atractivo turístico, modificándose así (por tercera vez) la naturaleza de la celebración.

En las primeras décadas del siglo XXI la Semana Santa ha experimentado una transformación acelerada, motivada por la secularización de las costumbres religiosas y la globalización. Al convertirse en el principal recurso turístico de Ayacucho, ofrecido al mercado global, esta festividad ha devenido en un espectáculo que congrega diversos actos (rituales, procesiones, ferias agropecuarias, exposiciones artísticas, actuaciones musicales y abundante diversión), en los cuales el rito se repliega para dar paso a la fiesta.

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Cabe precisar que el término “espectáculo” alude a una función pública concebida para atraer la atención y provocar emociones en los espectadores. En este contexto, la mayoría de asistentes no participa en los rituales tradicionales como penitentes, sino como simples observadores, guiados por la curiosidad o por un fervor ya lejano. Por ello, les resulta sencillo integrarse en actos seculares que ocurren al mismo tiempo. Es esta curiosidad y el deseo de vivir una experiencia diferente lo que los mueve a asistir a procesiones, conciertos musicales y ferias gastronómicas, o sumarse, incluso, al comportamiento masivo de corretear un toro por las estrechas calles del centro histórico durante la mañana del Sábado de Gloria.

Esa curiosidad, satisfecha en el espacio público, se encuentra despojada de devoción, pues la religión se ha retirado del comportamiento público y habitual, refugiándose en la intimidad del ámbito doméstico. Esta separación entre racionalidad y religión, propia del mundo moderno, ha contribuido a que celebraciones como la Semana Santa, antaño profundamente religiosas, adquieran un rostro secularizado.

Aunque con retraso (pues este proceso comenzó en el siglo XVIII), nuestra Semana Santa ha llegado a este punto de la modernidad, corriendo el riesgo de ser sobrepasada por los actos laicos que hoy capturan la atención de sus participantes. Ante este escenario, se hace urgente la reflexión y el compromiso por rescatar las características de un ritual que forjó la identidad cultural de una ciudad mestiza como Ayacucho, tal como lo advirtió en su momento José María Arguedas. Ojalá que los ayacuchanos y sus autoridades no se dejen avasallar por las urgencias del turismo en esta era global.

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