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Confusión vacío de representación | Opinión

Jesús Ospina | Símbolos y gestos
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El panorama para las elecciones generales de 2026 no solo es incierto, sino logísticamente asfixiante. Lo que debería ser una fiesta de la democracia se perfila como un domingo de confusión y votos nulos, impulsado por reformas parlamentarias que parecen diseñadas más para el caos que para la participación ciudadana.

La cédula gigante se presta para ser un laberinto del votante. Ello debido a las recientes movidas estratégicas —o “triquiñuelas”— del Congreso, el ciudadano se enfrentará a una cédula de votación mastodóntica con 36 partidos políticos. Esta “sábana” electoral no es solo un reto para la vista; es una barrera para el ejercicio del voto. Y es que el factor tiempo será un hándicap enorme. Así, el votante promedio tiene poco más de un minuto para identificar el logo de su preferencia entre tres docenas de opciones y, además, escribir correctamente los números del voto preferencial para senadores y diputados.

Esta complejidad técnica garantiza, casi por diseño, un alto índice de errores que terminarán anulando la voluntad popular. Será una jornada gris donde la intención del voto chocará contra la pared de la burocracia electoral.

A pesar de la cantidad de candidatos, la calidad de la comunicación política por parte de la gran mayoría de candidatos, brilla por su ausencia. Estamos ante una campaña tradicional que dispara a ciegas hacia un público general, ignorando las reglas básicas del marketing político moderno y la identificación social. Ello está generando la ausencia de nichos y bases sociales

En ese sentido, los candidatos no han logrado construir —o no han querido— un nicho de mercado. En lugar de identificar un sector social clave que sirva como “piedra angular” de su campaña, los aspirantes a diputados y senadores se pierden en discursos genéricos.

El problema de fondo es que sin un público base identificado, no hay una representación real. Al no haber un segmento social que se sienta “dueño” de la candidatura, el votante se siente huérfano de opciones que realmente hablen por sus intereses específicos. Ello se debería a la crisis de militantes preparados o “cuadros”. Y lo que primaría es el triunfo del interés personal

Uno de los puntos más críticos de este proceso es la descomposición de los partidos como instituciones. La falta de “escuelas de cuadros” está pasando factura, pues lo que vemos es mucha improvisación, muy poca o nula preparación técnica ni ideológica. Los partidos se han convertido en vehículos de alquiler para ambiciones personales.

El “pacto mafioso” que gobierna desde el congreso, ha logrado la desinstitucionalización del Estado, la erosión del Estado de derecho y el avance del autoritarismo, los cuales han sido posibles gracias a una clase política que prioriza el cargo por el poder o el dinero.

En esa línea de pensamiento, las leyes pro-crimen, de las cuales muchos candidatos llenan sus discursos prometiendo derogarlas como leyes nocivas, carecen de claridad sobre el procedimiento legislativo. Saben qué decir para ganar un voto, pero no tienen idea de cómo ejercer su papel en la Cámara de Diputados o el Senado para reconstruir la nación.

Una Democracia contra las cuerdas

De esta manera, las elecciones de 2026 se presentan como un desafío histórico donde el autoritarismo amenaza con convertirse en la norma. Sin líderes a la altura de la crisis, y con un sistema de votación diseñado para el error, el riesgo actual es que el “pacto mafioso” se perpetúe y logre una mayoría en ambas cámaras. La reconstrucción de la nación requiere más que promesas vacías; exige una representación de calidad que hoy, entre 36 logos y una sábana de papel, parece difícil de encontrar.

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