InicioCOLUMNISTASRoberto Sánchez y los límites del antifujimorismo | Opinión

Roberto Sánchez y los límites del antifujimorismo | Opinión

Nelson Pereyra | Larga duración
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Con apenas el 12% de los votos, Roberto Sánchez logró pasar a la segunda vuelta. Se impuso en 12 regiones de la sierra norte —entre Amazonas, Cajamarca y Pasco— y de la sierra sur —desde Huancavelica hasta Puno—, además de Moquegua. Allí se concentra el “voto duro” de Juntos por el Perú (JPP).

Para muchos analistas, el resultado revive el fenómeno de 2021: un candidato de izquierda obtiene amplio respaldo en la sierra, mientras la costa y parte de la selva se inclinan por Fuerza Popular. Otra vez aparece la histórica fractura territorial entre costa, sierra y selva. En esta ocasión, Sánchez encarna con claridad esa izquierda que propone modificar el capítulo económico de la Constitución.

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Sin embargo, las diferencias con 2021 son evidentes. Roberto Sánchez no es Pedro Castillo, aunque intente emularlo con el sombrero. No solo por sus distintos orígenes —Castillo era un maestro rural de Chota; Sánchez, un político de Huaral con trayectoria en la administración pública—, sino porque generan vínculos muy distintos con sus votantes.

Castillo despertó una fuerte identificación emocional en amplios sectores de la sierra. Muchos lo percibieron como “uno de los nuestros”. Su origen campesino, su experiencia como maestro rural, su oficio de agricultor y su forma coloquial de expresarse reforzaban esa cercanía. El sombrero no era un accesorio de campaña, sino un símbolo de identidad compartida con poblaciones que históricamente se han sentido distantes de Lima y de las élites costeñas.

Esa empatía se fortaleció aún más después de la segunda vuelta, cuando los fujimoristas y la oposición intentaron desconocer votos provenientes de zonas rurales. Para muchos electores andinos, aquello confirmó simbólicamente las brechas históricas entre la costa y la sierra. El posterior fracaso del gobierno de Castillo no eliminó del todo esa memoria política.

Sánchez, en cambio, solo logra parcialmente esa conexión. No es Castillo, pero tampoco Vicente Alanoca, el antropólogo y dirigente aymara que ganó notoriedad durante las protestas de 2022 y 2023. Si Alanoca hubiese ganado las internas del partido Venceremos, probablemente hoy sería el rival de Keiko Fujimori en la segunda vuelta.

Por ello, el voto de Sánchez parece responder menos a una identificación personal y más a un persistente antifujimorismo. Se trata de un sector que en las últimas tres elecciones votó principalmente contra Keiko Fujimori, independientemente de quién estuviera al lado. No obstante, ese bloque parece haberse reducido con el paso del tiempo, el recambio generacional y la recomposición interna del fujimorismo tras la muerte de Alberto Fujimori. A ello se suma el desgaste de los gobiernos de Kuczynski y Castillo, cuya mala gestión ha llevado a algunos sectores a reevaluar la imagen de eficiencia atribuida al régimen fujimorista. En ese contexto, Keiko obtuvo el primer lugar en la primera vuelta con menos del 20%, favorecida por la dispersión del voto entre múltiples candidaturas.

Consciente de los límites del antifujimorismo, Sánchez ha buscado moderar su imagen. La incorporación de técnicos como Pedro Francke y Hernando Cevallos apunta a transmitir responsabilidad económica y estabilidad. En el último debate, ambos prometieron reducir el déficit fiscal y promover la inversión privada para generar empleo y crecimiento.

Sin embargo, el candidato de JPP enfrenta un dilema central: cómo consolidar su apoyo en la sierra sur sin espantar al electorado urbano y costeño que necesita para ganar. Allí entra la figura de Antauro Humala.

La cercanía con Humala fortalece el vínculo con sectores radicalmente antifujimoristas y nacionalistas, fundamentales para su pase a la segunda vuelta. Pero, al mismo tiempo, contradice el perfil moderado y tecnocrático que Sánchez intenta proyectar hacia el centro político.

Ese equilibrio —entre moderación y radicalismo, entre tecnocracia y protesta— definirá buena parte de sus posibilidades electorales.

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