Lalo Quiroz | El partero
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«Who controls the past controls the future, who controls the present controls the past / Quien controla el pasado controla el futuro, quien controla el presente controla el pasado».
Con esta suerte de epígrafe, inicia la película Nineteen Eighty-Four –más conocida como 1984— del director y guionista inglés Michael Radford. Esta película estrenada en 1984, basada en la novela –del mismo nombre y publicada en 1949—, del reconocido escritor británico George Orwell, nos plantea un escenario distópico: El Estado de Oceanía se encuentra bajo el dominio de un régimen totalitario encabezado por la omnipresente figura del Big Brother (Gran Hermano); quien, a través del ‘partido’, manipula y controla físico-mentalmente, y de manera sistemática a la población (proletariado). Si bien, la historia alude a un Estado totalitario ficticio –posiblemente, haciendo referencia al estalinismo de la ex Unión Soviética y al nazismo alemán—; pareciera incluir, además, a todo tipo de poder y sectarismo (como en las religiones) que se escondería detrás de aparentes democracias. En donde, la clase gobernante buscaría mantener su poder y sus privilegios a costa de la ignorancia y el recorte de libertades de un pueblo; a quien, a punta de mensajes subliminales e ininterrumpidos, se les crea la ilusión de que viven en una sociedad ideal. En la película, en el desarrollo de la trama, el personaje principal Winston Smith –un burócrata de rango medio de dicho Estado que trabaja para el Ministerio de la Verdad y cuya labor consiste en reescribir la historia y modificar documentos, noticias y fotografías del pasado— cometería el ‘acto criminal’ de enamorarse de Julia –una joven que trabaja en el mismo ministerio y es una miembro activa de la Liga Juvenil Anti-Sexo—; la relación clandestina que mantendrían, finalmente, les conllevaría a un inesperado desenlace, al ser descubiertos por la Policía del Pensamiento y confinados al Ministerio del Amor.
Sin duda, 1984 nos ofrece una interesante gama de distintos aspectos dignos de ser analizados; tanto desde el punto de vista técnico como del conceptual y estético. Empero, en este caso, me interesa centrarme en el aspecto conceptual, y concretamente en el campo de la comunicación: lengua y memoria. La película proyecta la relevancia de la comunicación de masas, entendida como propaganda, como instrumento esencial en el control de la población; es así que, es imposible no advertir a lo largo de toda la película, la presencia de las ‘telepantallas’ que se encuentran instaladas en todo espacio público y cerrado del Estado de Oceanía. A través de las cuales se difunden constantemente información relacionada con los logros en todos los campos del gobierno, intercalando con la figura del Gran Hermano y el emblema del ‘partido’; y, asimismo, desde donde se difunden imágenes de enjuiciamientos y aniquilamientos de disidentes. Estas ‘telepantallas’, además, sirven como monitoreo de la población y de hipervigilancia. Sin embargo, un componente bastante interesante que destacar se refiere al acto comunicativo, el habla y la memoria; el cual, está contenido en el concepto de ‘neolengua’. La ‘neolengua’ es el idioma oficial ficticio creado por el ‘partido’ y es diseñada por el Comité de Neolengua; el mismo que, se encuentra adscrito al Ministerio de la Verdad.
El objetivo de dicho comité no era expandir el idioma, sino reducir el vocabulario –y consignarlo en las nuevas ediciones del Diccionario de Neolengua— cada año para eliminar palabras que permitieran el pensamiento crítico; por ende, limitándose la capacidad de pensar y razonar de los ciudadanos. De esta manera, el ‘crimen mental’ –el pensar diferente al ‘partido’— sería literalmente imposible de cometerlo, por falta de palabras para expresarlo. Así, según la trama de la película, el objetivo para el año 2050 sería que no quedara ni una sola palabra independiente. Los conceptos se eliminarían, combinándolos o suprimiendo los antónimos (en lugar de decir “malo”, se diría “no bueno”) o cambiando el sentido de las palabras: «la guerra es paz, la libertad es esclavitud, la ignorancia es fuerza»; finalmente, al reducir el diccionario, se eliminarían los significados complejos, poéticos o ambiguos de las palabras. El lenguaje se volvería rígido y utilitario, diseñado solo para dar órdenes y transmitir la ideología del ‘partido’. Y, por supuesto, serviría para controlar el pasado. En una de las escenas, mientras almuerzan y conversan Winston y su colega Syme, este último dice: «la destrucción de las palabras es algo hermoso (…) es bueno saber que para el año 2050, ninguna persona podrá entender una conversación como ésta»; a lo que, Winston pregunta: ¿salvo el proletariado? Y Syme sentencia: «El proletariado no cuenta, son animales».
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