Lalo Quiroz | El partero
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El 16 de julio de 1992, hace treinta y cuatro años atrás, un coche bomba explotaría en la calle Tarata -–una zona residencial y comercial del distrito de Miraflores: uno de los distritos más exclusivos de Lima—; un atentado terrorista, el cual habría sido perpetrado por militantes del PCP-SL, que dejaría un fatídico saldo de 25 personas muertas y 250 personas heridas. Dos días después, tras información confidencial proporcionada por el Servicio de Inteligencia Nacional (SIN), se determinaría que los sospechosos de dicho atentado se encontrarían en la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle – La Cantuta; así, el 18 de julio, el denominado Grupo Colina –conformado por agentes del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE) y liderado por el mayor Santiago Martín Rivas— ingresaría a La cantuta, secuestraría y ejecutaría extrajudicialmente a un catedrático y nueve estudiantes. En 2007, el exdictador Alberto Fujimori sería juzgado y condenado a 25 años de prisión por su responsabilidad en la masacre y por considerarse estos asesinatos selectivos como delitos de lesa humanidad; determinándose por la Corte Suprema del país, en 2009, que ninguna de las víctimas de la masacre estaba vinculada con el PCP-SL.
En memoria de las víctimas de esa masacre perpetrada por agentes del Estado peruano, en junio de 1995, el artista plástico Ricardo Wiesse Rebagliati y sus colaboradores intervendrían con diez enormes cantutas una de las quebradas del distrito de Cieneguilla en Lima. Esta obra, que sería realizada en medio de un paraje desértico e inhóspito, sería descrita por Wiesse así: «La tragedia parecía haber configurado su propio escenario, una esterilidad radicalmente desnuda, estática, muda. Concebí un manto floreado que la vivificara siquiera fugazmente, ofrendándole rojo cinabrio, como en los antiguos ajuares funerarios del mundo andino. La operación se realizó el martes 27 de junio, un poco antes de las cuatro de la tarde, cuando las sombras reptaban bajo las fosas. Dos horas después, se habían vertido diez kilos de pigmento y arena al interior de un molde de cartón y en el suelo alternaban diez siluetas coloradas dispuestas al azar, como pétalos arrojados al paso de los novios o de las procesiones. Pero desde la ladera opuesta, las cantutas juveniles y esbeltas sugerían también una serie de tajos asestados insanamente al cerro». La obra que, llevaría precisamente por título “Diez cantutas en Cieneguilla”, hacía clara alusión a las diez víctimas y al lugar donde fueron enterradas tras su ejecución. Es decir, hacía referencia a los estudiantes Armando Amaro Cóndor, Felipe Flores Chipana, Robert Teodoro Espinoza, Juan Gabriel Mariño, Bertila Lozano Torres, Dora Oyague Fierro, Luis Enrique Ortiz Perea, Heráclides Pablo Meza y Marcelino Rosales Cárdenas, y al profesor Hugo Muñoz Sánchez; y, asimismo, se situaba en el mismo lugar –donde se enclava la cruz blanca, con la inscripción “8 de julio – 1993 / Cantuta”— y donde gracias a fuentes periodísticas anónimas se ubicarían las fosas donde se hallarían restos de cadáveres y efectos personales que serían reconocidos por los familiares de las víctimas. Esta obra, con un peso simbólico importante, no sólo daría cuenta de los crímenes perpetrados por el régimen dictatorial de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos; sino, además, coincidiría con las maniobras del régimen para promover la impunidad a través de la aprobación de la Ley de Amnistía para militares implicados en violaciones de derechos humanos. Por ello, el artista advertiría: «Estas lecciones amargas deben calar en la memoria de los jóvenes, contra todos los intentos de echarles tierra. Desatenderlas encierra un peligro real: la repetición se nutre del olvido».
Y, es que estamos en épocas que pareciera que el olvido o peor aún la reescritura de la memoria se podría convertir en una política de Estado. La senadora electa de Fuerza Popular, Martha Chávez, recientemente pareciera querer decirnos algo al respecto: «El Lugar de la Memoria, tiene que ser, eso, replanteado […] Entonces, sí pues, a veces se manejan así, esas cosas con mucha frivolidad». Ya, estamos advertidos. En esta línea, precisamente, la socióloga argentina Elizabeth Jelin, nos advertiría que sería preciso poner atención a que, «toda política de conservación y de memoria, al seleccionar huellas para preservar, conservar o conmemorar, tiene implícita una voluntad de olvido».
Y así, por un lado, mientras la otrora primera dama Keiko Fujimori se ufanaría en regalar millones de ´kits escolares’ a la vieja usanza –asistencialista y clientelista— de su padre y recibiría sonriente sus flamantes credenciales como la futura mandataria del país; por otro lado, tras cuatro décadas de resistirse al olvido y de espera por verdad y justicia, muchas familias se reunirían en la catedral de Huamanga para recibir los restos de sus 44 seres queridos desaparecidos durante ese nefasto periodo que gobernó Alberto Fujimori.
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