Jesús Ospina | Símbolos y gestos
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La I muestra individual del joven acuarelista Jean Gamboa Contreras, que se exhibe en la galería Aku Café, nos abre a una reflexión sobre el arte, que, si bien puede ser ornamento, pasatiempo o producto de mercado, pero bien visto, es filosofía, es un “amor a la sabiduría”, que nace del espíritu. Pareciera una contradicción hablar de arte como filosofía, pues ésta sería racional, lógica, y el arte sería sentimiento, percepción. Pero el arte nuevo, busca con honestidad comprender y transformar la realidad. Además, darle un sentido a la vida con una obra nacida del espíritu, de la sensibilidad, de captar el instante y la conmoción de su tiempo. Eso permite que ambas se unimismen, y se unan en su trascendencia.
El arte es una reflexión íntima, básica, esencial, de un espíritu que mira la realidad con los ojos del alma, del inconsciente, del instinto. Por tanto, no representa sólo lo que sus ojos ven, sino que interpreta, interroga, toma postura y expresa una manera filosófica de comprender el mundo. En sus diversas variantes —pintura, música y otros— el arte condensa una filosofía viva, una forma de sentimiento y pensamiento encarnado en imágenes, sonidos y gestos.
Por ello, toda obra artística auténtica es una toma de posición, sin neutralidad. El arte o se inclina por lo nuevo, la vida que nace; o, refleja el vacío, la soledad fría. Para Mariátegui el arte era expresión de lo social, lo concreto, lo histórico. Por tanto, refleja las tensiones, contradicciones y luchas, y no es un objeto frío, ni una mercancía sin alma. Cada obra es una comprensión filosófica del mundo que vive el artista, de su visión del mundo, un puente entre su mundo interior y la realidad compartida. Allí habita un espíritu, expresión del anhelo humano. Gamboa, quizá sin proponérselo, busca retratar un mundo que decae, que se apaga y a la vez un mundo que busca crear una sociedad más justa, bella, fraterna.
Allí donde neoliberales individualistas, lucrativos, ven ganancias, el artista siente la vida. Y Gamboa ve símbolos, memorias, futuros posibles en sus acuarelas que retratan las calles coloniales de Huamanga. Donde otros ven ruinas, él ve futuro. Gamboa, rescata lo viejo, pero afirmando lo nuevo. Frente a una vieja casona que se desmorona en una calle de Huamanga, él retrata el fin de una época esplendorosa, colonial, jerárquica que se ve invadida, acercada, remozada por las nuevas generaciones, por gente de pueblo que deambula como en su propiedad. El andar de la gente popular, parece anunciar un renacimiento democrático de la vida social en un contexto urbanístico colonial.
Gamboa retrata con belleza y sensibilidad la transición que vive Ayacucho, de ser una sociedad colonial, jerárquica, estamental, a una democrática, popular, inclusiva. Pero se siente la densidad del dolor, de la memoria, de la resistencia a los cambios, en una sociedad post conflicto armado interno, pues en sus cuadros la vida no parece diáfana, sino atravesada por una tenue neblina. No son paisajes inertes, son símbolos vivos que narran un tiempo nuevo que emerge de calles antiguas, coloniales. Su arte se convierte en un acto de resistencia, para reconstruir el tejido humano otrora dividido, ahora integrado.
El arte de Gamboa interpreta y transforma la realidad, y nos transforma. Nos enseña una mirada nueva, un sentir más hondo, pensar una nueva sociedad democrática con belleza. Y recuerda que otro mundo es posible, si somos capaces de imaginarlo en un lienzo.



