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CRISIS REPUBLICANA

La fundación de la república peruana era una fundación criolla, un acuerdo de intereses, y si hay intereses de por medio, alguien debe salir perjudicado. Lo decimos claramente, un grupo de blancos de descendencia europea que se arrogaron el derecho de ser los padres fundadores de esta joven república inacabada. Y en función a la idea de libertad se crearon una serie de instituciones representativas que dieran sentido a los conceptos de Justicia y Libertad, pero en ese proceso de dar forma a esos conceptos, se formó una justicia y libertad para sí, y una justicia y libertad desnaturalizada, limitada e injusta para otros. En otras palabras, esta fundación no fue completa, fue a medias y tantas veces como excluyente y racista para otros, y que hoy, en estos momentos lo sentimos y palpamos con las disputas de poder de baja estofa.

Desde temprano, el peruano promedio, empieza su vida laboral. Para la población la política peruana, causa indignación, pero la vida debe seguir, la política termina siendo un anecdotario más que contar a los hijos y nietos en tiempos futuros. Y quien con látigo te ayuda ver la realidad y te lo exige, es esta economía neoliberal que de salvaje tiene mucho. Los únicos momentos en que damos pausa a nuestras vidas, son en situaciones de coyunturas electorales, donde cada uno de nosotros hacemos uso del sadismo hacia nuestros candidatos preferidos, pero a grosso modo, la población es un espectador, donde asistimos al espectáculo romano de nuestra propias tragedias y derroteros (no debemos olvidarnos de la participación excluyente). Así, cada cierto tiempo aparecen los candidatos seductores y presidentes mesiánicos, cada quien es “fundacional” a su manera. Ese arrobamiento divino del candidato termina deteriorando las instituciones representativas que crearon esta república criolla. En ese proceso de construcción
del estado nacional llamado Perú, la incorporación de los ciudadanos hacia la nación siempre ha sido a mitad de camino e inacabado, pues cualquier parecido a la patria invisible de Basadre, ese sentimiento que llevamos dentro y que mediante la acción debería ser construida por la comunidad peruana, termina siendo en estos momentos lejano, pero muy lejano.

Ahora llegamos a este punto: una vacancia ya concretizada, y un congreso, que a la mala ha asumido el poder. Ambas instituciones deterioradas hasta el hartazgo. En medio de esta batalla sin cuartel se ha socavada aún más las instituciones que dieron vida a la república del Perú a inicios del siglo XIX: El tribunal constitucional, el ejecutivo, el senado y proceso en cursos de hoy como la reforma de partidos políticos, la reforma educativa, entre otros. La población por enésima vez ha sido otra vez espectador de esta crisis política a muerte, su muerte. A puertas del bicentenario nos deberíamos preguntar tantas cosas relacionada a la patria y la nación. Y sin embargo, hay una pregunta esencial ¿En medio de esta crisis institucional, vale la pena continuar como República?

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