Primero fue Yugoslavia: avivaron nacionalismos y generaron guerras internas. Solo Serbia resistió los embates de la guerra: su capital, Belgrado, fue bombardeada durante 15 días por aviones de la OTAN y no pudieron humillarla. Los otros países de la ex Yugoslavia quedaron bajo el “manto” de EE. UU. y la Unión Europea: Bosnia y Herzegovina, Croacia, Eslovenia, Macedonia del Norte y Montenegro son Estados fallidos, donde la pobreza se ha extendido y decenas de miles han huido en busca de trabajo y seguridad hacia países europeos.
No somos yugoslavos ni socialistas, somos peruanos, y no nos importó.
Luego vino, en cadena, Irak, Libia, Afganistán y Siria. Acusaron a sus presidentes de dictadores porque no asumieron el modelo de democracia impuesto por Occidente. Intentaron infiltrar a través de la religión, pero los musulmanes resistieron. Entrenaron a los Hermanos Musulmanes —entre ellos a Osama bin Laden— para expulsar del poder a los “demonios”: los talibanes, en Afganistán; Saddam Hussein, presidente de Irak; Muamar el Gadafi, presidente de Libia, y Bashar al Asad, presidente de Siria.
Salvo los talibanes, Hussein, Gadafi y Al Asad eran laicos y estatizaron sus recursos naturales, especialmente el petróleo. Irak fue invadido, acusado de estar preparando armas químicas para atacar a Israel y dominar Asia Menor, lo que era falso; a Gadafi lo acusaron de reprimir a su pueblo —armaron a grupos paramilitares para iniciar una guerra civil, y lo mismo hicieron con Siria—. Hoy, Irak, Libia y Siria son Estados fallidos, sin institucionalidad, pero Estados Unidos ha tomado con su Ejército la zona petrolífera de esos países.
No somos musulmanes ni estamos en Asia, no nos importó.
Han invadido Venezuela. Hace más de dos décadas lo hicieron con Panamá, pero no le dimos importancia. La invasión, por más breve que sea en el tiempo, en Venezuela sí despierta alarmas, por el discurso de Trump: “estamos recuperando nuestro petróleo”. ¿Cuál petróleo están recuperando? La reserva más grande de petróleo del planeta, que está en suelo venezolano y que Trump considera que le pertenece a Estados Unidos.
¿Cuándo vendrán al Perú? Están cerca. Aparte de recuperar lo que se nacionalizó en el gobierno de Velasco, hay una razón adicional para preocuparnos: el megapuerto de Chancay. Y ya lo dijo la jefa del Comando Sur de Estados Unidos: el megapuerto de Chancay, administrado por empresas chinas, es una amenaza para Estados Unidos.
¿Nos someteremos a Estados Unidos y le entregaremos Chancay, perdiendo a nuestro principal socio comercial y de inversiones en este momento? ¿O nos negaremos a hacerlo y terminaremos con sanciones y quizá invasiones, como en Venezuela?
Estamos avisados: van a tocar nuestra puerta. ¿Aceptamos ser colonia de EE. UU. y le entregamos Chancay y nuestros recursos naturales, o defendemos nuestra soberanía, aunque sea con nuestras vidas? He ahí el dilema.



