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Democracia liberal y marxismo socialista. Lecciones para la unidad 1 | Opinión

Jesús Ospina | Símbolos y gestos
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Se habló hace unos meses nuevamente de la necesidad de la unidad de la izquierda para las próximas elecciones. Pero, fracasaron, apenas hubo dos agrupamientos débiles pero entusiastas como antaño. Recordemos que la década de 1980 representó para la izquierda marxista una encrucijada histórica, pues la transformación social era posible, sobre todo, tras la elección de la Alfonso Barrantes en 1983 como alcalde de Lima, pero la división se impuso.

Fue imposible construir una unidad genuina más allá del impulso pragmático circunstancial. Un análisis de este período revela una tensión constante entre la voluntad popular por la unidad, y las dinámicas internas de unos grupos políticos que privilegiaron la pureza doctrinal, el dogmatismo y sectarismo, sobre la eficacia de escuchar y aceptar lo que la población quería, para crear de manera conjunta una praxis transformadora.

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El primer acto de esa tragedia se desarrolló en 1978, tras la notable participación de las seis agrupaciones de izquierda en la Asamblea Constituyente, que alcanzaron el 33.5% de los votos válidos. La sociedad peruana, en transición luego del gobierno militar de Velasco Alvarado, enviaba un mensaje contundente: la izquierda era una alternativa viable de gobierno, una fuerza con la capacidad de canalizar el deseo de cambio dentro del marco democrático.

Sin embargo, para las elecciones presidenciales de 1980, con más arrogancias que realidad, el mensaje fue ignorado. El intento de unidad bajo la Alianza Revolucionaria de Izquierda (ARI) naufragó ante el peso de las discrepancias ideológicas, algunas microscópicas, los egos inflados de los candidatos y una suerte de “infantilismo político”, por lo que no hubo capacidad de priorizar el objetivo común sobre las diferencias sectarias. El resultado fue que ocho candidaturas tuvieron la preferencia del 16.34% del electorado.

La victoria de Fernando Belaúnde Terry (45.37%) fue un retorno del pasado; y un “sismo electoral grado 9” provocado por una población, pobre en su mayoría, que con pragmática lucidez castigó la fragmentación. El ciudadano común, que buscaba resultados concretos, mejores servicios, empleo, estabilidad, no aceptó la división entre grupos que, desde su perspectiva, prometían esencialmente lo mismo.

Así, percibió, con razón, que los egos disfrazados de debates ideológicos, se interponían en el camino del poder como servicio. La derrota fue estruendosa y forzó una corrección inmediata. El 11 de septiembre de 1980 se fundó Izquierda Unida-IU, y la respuesta popular en las municipales de Lima de noviembre de ese año no se hizo esperar: 23% para Alfonso Barrantes en Lima. El camino era la unidad, la ciudadanía premió la cohesión y castigó la división.

En ese sentido, la IU nació como una “unidad por imperativo”, una alianza táctica impuesta por la realidad electoral y la demanda popular, no cimentada en una visión estratégica compartida, un análisis de la realidad, y menos en una cultura política de diálogo y consenso democrático. Además, el éxito de Barrantes fue para sectores radicales, no un mandato para administrar con honestidad y eficacia la ciudad, sino la antesala de una “revolución a la vuelta de la esquina”. La ilusión de una victoria inminente, basada en concepciones dogmáticas alimentó los instintos sectarios.

El sectarismo fue norma, y la ideología dogma

Como señaló el historiador Antonio Zapata, el sectarismo se convirtió en la norma. Se instauró una lógica perversa donde la radicalidad retórica—no la conexión ni la interpretación de la realidad—era el termómetro del compromiso revolucionario. Hubo sectores intransigentes, con “su” ideología pura y, por tanto, más revolucionaria. No importaba cuánto se conocía y escuchaba a la población, sino el rumbo que la ideología imprimía. Se decía que, si la realidad no calzaba con la ideología, pero para la realidad. Seguiremos sobre este tema.

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