El pollo a la brasa, un plato emblemático de la gastronomía peruana, ha trascendido fronteras desde su modesto origen en Santa Clara hasta convertirse en un fenómeno global. Su historia se remonta a 1949, cuando Roger Schuler inauguró el restaurante La Granja Azul en su casa campestre, ofreciendo inicialmente pollo a la parrilla en tres mesas.
El éxito fue inmediato y la demanda creció exponencialmente, llegando a atender hasta 3,000 personas en un solo día. Ante la necesidad de cocinar grandes cantidades de pollo, Schuler se asoció con Franz Ulrich, un ingeniero mecánico suizo, quien diseñó un horno de carbón capaz de cocinar hasta 60 pollos simultáneamente, utilizando un sistema que imitaba los movimientos del sol.
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La receta exacta de su sazón sigue siendo un misterio guardado bajo llave, aunque se dice que los pollos eran aderezados simplemente con sal, un secreto que ha contribuido al encanto y popularidad duradera de este platillo.
En la década de 1960, Heriberto Ruiz, discípulo de Ulrich, revolucionó la industria al fabricar hornos de pollo a la brasa bajo su empresa Ruiz Hermanos, haciendo ajustes tecnológicos que los hicieron más eficientes y accesibles económicamente. Esto facilitó la expansión de las pollerías a nuevas zonas de Lima como La Victoria, La Herradura, Pueblo Libre y Chucuito.
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Para los años 80, las cadenas de pollerías se consolidaron y el pollo a la brasa se convirtió en un fenómeno masivo que popularizó este plato nacional a nivel nacional e internacional.
Desde 2010, cada tercer domingo de julio se celebra el Día del Pollo a la Brasa en el Perú, reconocimiento oficial que destaca su impacto cultural y gastronómico durante más de seis décadas. Este día especial resalta la evolución de un plato que comenzó en raíces humildes y se ha convertido en un favorito arraigado en el gusto de los peruanos.



