Recordemos. La contienda bélica en territorio irakí cumplió 18 años el 19 de marzo pasado. En una nota reciente publicada en un portal estadounidense, que titula “El aniversario de la guerra de Irak debería recordarnos que la guerra contra el terrorismo fracasó”, y presenta escalofriantes resultados. Enumera allí que Estados Unidos, desde 2001, ha participado en guerras y combates en numerosos teatros. Y especifica que dicho país “tan solo desde 2018 a 2020 estuvo comprometido en actividades militares contraterroristas en 85 países, 44% del mundo. Las guerras antiterroristas posteriores a los ataques a las Torres Gemelas han causado la muerte de más de 800.000 personas, de las cuales 335.000 eran civiles. Han también desplazado al menos a 37 millones de personas, en Afganistán, Irak, Siria, Pakistán, Yemen, Somalía y Filipinas”.
Hace 10 años, el 19 de marzo de 2011, fuerzas militares de Estados Unidos y sus aliados de la OTAN iniciaban su campaña de bombardeos contra Libia. Aquella agresión contra un país soberano fue dirigida por Estados Unidos, inicialmente a través del AfriCom y después a través de la OTAN, que actuaba bajo las órdenes del Pentágono. En 7 meses, los aviones de Estados Unidos y de los países de la OTAN implicados en aquella agresión realizaron 30.000 misiones contra Libia, entre ellas 10.000 misiones de ataque, utilizando contra el pueblo libio más de 40.000 bombas y misiles. Así fue destruido ese Estado africano que, como consta en la documentación del Banco Mundial correspondiente al año 2010, mantenía “altos niveles de crecimiento económico”, con un aumento anual de su PIB de 7,5% y registraba “altos indicadores de desarrollo humano”, como el acceso universal a la escuela primaria y la instrucción secundaria y con más de un 40% de personas incorporadas a estudios universitarios.
Da la impresión de que Biden no comprende aún que las cosas han cambiado y no solo ello, debe comprender también que Rusia y China no son pues Irak o Libia. Una enfrenta a Estados Unidos y Rusia en el plano militar. Y la otra a Estados Unidos y China en el económico-comercial. Tampoco parece haber digerido que Rusia y China mantienen activos lazos asociativos. Sería conveniente que lo entendiera para no seguir tensando peligrosamente una cuerda entre pares, en un mundo al que las disidencias, las rigideces y las confrontaciones entre ellos podrían ensombrecer aún más que una pandemia.
Rusia, como es sabido, ha tomado una distancia considerable en el plano militar más que en lo económico. Ha incorporado a su ya consistente arsenal nuclear, novedades tales como el misil Sarmart, de un corto rango de vuelo que lo pone a cubierto de intercepciones, que porta una variedad de ojivas nucleares, algunas de ellas hipersónicas. O, entre otros, un sistema subacuático no tripulado, de propulsión nuclear, que lleva de una ojiva que puede ser tanto nuclear como convencional.
China, asimismo, ha acelerado el desarrollo de sus capacidades militares que incluyen también sistemas de armas atómicas. Su inevitable necesidad de protección de los Mares de la China del Sur y Oriental la han llevado a incrementar notoriamente su armada, que compite hoy en número –sólo en número– con la norteamericana. Tiene, además, el ejército de tierra más numeroso del mundo, cada vez mejor equipado en el plano convencional. La agria y peligrosa confrontación de estos tres se despliega también en otras esferas.
Biden quiere que su país vuelva a sentarse en la “cabecera” de la mesa de las negociaciones internacionales y así restaurar la hegemonía perdida, aunque esa cabecera ya no exista y en su lugar hayan colocado una mesa triangular donde, en todo caso, debieran sentarse China, Rusia y Estados Unidos.



