Lalo Quiroz | El Partero
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El Segundo Sexo (Le Deuxième Sexe) es el título de un extenso ensayo dividido en dos volúmenes de la filósofa, escritora y activista francesa Simone de Beauvoir. Esta obra de carácter existencialista, posiblemente la más representativa de la autora, sería publicada por primera vez en 1949; causando controversia por abordar temas impensables para su época como el aborto, el uso de métodos anticonceptivos, la homosexualidad femenina y la maternidad. Así, la autora que sentenciaría: «On ne naît pas femme, on le devient» («No se nace mujer, se llega a serlo»), sentaría las bases teóricas y se convertiría en uno de los pilares del feminismo moderno.
De Beauvoir, Introduciría la idea de que la identidad femenina es una construcción social, cultural y económica; y no, un hecho biológico. Para ello, partiría de la premisa de la alteridad y de la noción de otredad. Argumentando que, históricamente el hombre se habría posicionado como el sujeto (el Ser); mientras que, la mujer habría sido definida como el objeto (el Otro) en relación a él. «La alteridad es la misma cosa que la negación, es decir, el Mal. Plantear al otro es definir un maniqueísmo. Por esa razón, las religiones y los códigos [las leyes] tratan a la mujer con tanta hostilidad. En la época en la que el género humano se eleva hasta la redacción escrita de sus mitologías y leyes, el patriarcado queda definitivamente establecido: los códigos son compuestos por los machos». Simone de Beauvoir, al igual que el filósofo francés Jean-Paul Sartre –su ‘amor necesario’—, promovería sus tesis existencialistas; en donde, aplicándolas al feminismo, defendería la emancipación femenina, la libertad y la responsabilidad. Para lo cual, plantearía que las mujeres requerirían luchar por la igualdad económica, el acceso a la educación, la anticoncepción y el aborto; y, asimismo, que deberían liberarse de situaciones impuestas (matrimonio, maternidad, dependencia) por el sistema dominante, para construirse a sí mismas. En el ámbito jurídico, analizaría la situación de la mujer, describiendo cómo la legislación y costumbres (como el Código Napoleónico) colocaban a la mujer bajo tutela, limitando su autonomía; encerrándolas en situaciones cuya única salida es la maternidad. Así, estas leyes o las costumbres, terminarían imponiéndoles el matrimonio, prohibiéndoles medidas anticoncepcionales y el aborto; inclusive, prohibiéndoles el divorcio: «El Código Napoleónico ha puesto a la mujer casada bajo tutela […] en materia penal se mantiene la diferencia de sexos y el adulterio sólo es delito si lo comete la mujer. Durante el tiempo que dure la propiedad privada, la infidelidad conyugal por parte de la mujer será considerada como un crimen de alta traición […]. Y si el derecho a hacerse justicia por sí mismo ha sido abolido desde Augusto, el Código Napoleónico promete aún la indulgencia del jurado al marido justiciero. La pregunta resulta inevitable a la luz de nuestros días: ¿acaso se ha abolido en todos los ordenamientos jurídicos la referencia al arrebato o enajenación mental transitoria como atenuante de la responsabilidad penal en los delitos de feminicidios?».
En relación a la maternidad, la filósofa consideraría que no se trataría de un destino biológico natural; sino, más bien, de una construcción cultural y social que históricamente ha limitado la libertad femenina. En El Segundo Sexo, argüiría que la maternidad obliga a la mujer a vivir en la ‘inmanencia’ (rutina y cuidado) en lugar de la ‘trascendencia’ (creación y proyectos), convirtiéndola en ‘presa de la especie’. «(…) de todas formas, engendrar, amamantar, no constituyen actividades, son funciones naturales; ningún proyecto les afecta; por eso la mujer no encuentra en ello el motivo de una altiva afirmación de su existencia; sufre pasivamente su destino biológico. Las faenas domésticas a que está dedicada, puesto que son las únicas conciliables con las cargas de la maternidad, la confinan en la repetición y la inmanencia; son faenas que se reproducen día tras día, bajo una forma idéntica que se perpetúa casi sin cambios siglo tras siglo; no producen nada nuevo». Por tanto, las mujeres deberían participar en actividades del ámbito laboral, político y artístico; para así, alcanzar una auténtica realización y trascendencia.
Simón de Beauvoir, como podría suponerse, no se opondría a la idea de concebir; sino, a la ‘institución de la maternidad obligatoria’ –la cual, frenaría la autonomía de la mujer y limitaría su desarrollo intelectual y personal—. Así, sostendría que la maternidad –una suerte de servidumbre a la orden del sistema patriarcal— a menudo se impondría; en lugar de ser producto de una libre elección: por tal motivo, apoyaría firmemente el acceso a la anticoncepción y al aborto. Asimismo, sería muy crítica con la ‘devoción materna’ (dedicación absoluta a los hijos), en tanto sería nefasta para la madre y para el niño; argumentando que sólo una mujer satisfecha y libre podría convertirse en una verdadera madre.
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