Lalo Quiroz | El Partero
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La meritocracia, a finales del siglo pasado, –paradójicamente y contrariamente a lo que visionaría Michael Dunlop Young— empezaría a erigirse como un sistema que promovería la igualdad de condiciones en el acceso al mercado laboral; de esta manera, traspolaría el régimen de evaluación del ámbito educativo a la esfera profesional. Y, asimismo, institucionalizaría el mérito personal —talento, esfuerzo y logros— como un elemento clave para acceder a posiciones de responsabilidad y a sus respectivos ascensos en los organigramas público y privado. Así, la meritocracia se propondría erradicar todo tipo de accesos y ascensos en el ámbito laboral que sea motivado por vínculos amicales o nepotismo; buscando promover la igualdad de oportunidades y profesionalizar la gestión, permitiendo que los más capaces accedan a altos cargos. Aunque, por supuesto, esta no sería la regla; no, al menos, en nuestros países del denominado Sur Global.
Y es que, como sostienen autores como la filósofa estadounidense Nancy Fraser y el economista indio Amartya Sen, la meritocracia terminaría instalándose sobre la base de una desigualdad estructural; a partir de la cual, y desde el neoliberalismo progresista, se usaría el discurso del mérito para ocultar que las personas en realidad no tienen las mismas –iguales y reales— condiciones para desarrollar sus capacidades. En esa línea, como ya lo plantearía Bourdieu –en su teoría sobre las múltiples formas de capital—, las oportunidades para lograr ‘éxito en la vida’ estarían determinadas por lo que el autor francés denominaría capital económico, capital social, capital simbólico y capital cultural. Dado que, en definitiva, difícilmente van a ser las mismas oportunidades las de una niña en una comunidad alejada de los andes que, no tiene un lugar adecuado para estudiar, que tiene que caminar diez kilómetros –y, lo más probable, mal alimentada— para llegar a una escuela con infraestructura básica, que sus códigos culturales se circunscriben a su pequeña comunidad, que el prestigio y reconocimiento de su familia no trascienden la misma y que las redes y contactos de su padre o madre se limitan a esa pequeña comunidad; con las oportunidades, comparativamente, de uno niño que vive en una zona residencial con todas las comodidades materiales, que va en auto particular a un colegio con piscina olímpica y pista para atletismo, que su padre o madre tiene amplias relaciones y de ‘alto nivel’ dentro y fuera del país, que ha vivido en un entorno plagado de códigos culturales que le permitirán insertarse en ciertos espacios y que sus apellidos aparecen en placas de calles, parques o avenidas de su ciudad. Es por ello que, el economista francés Thomas Piketty, en su libro “El capital en el siglo XXI” (2014), intentaría demostrar –desde las ciencias económicas y tomando como base el ‘capitalismo patrimonial’ del siglo XIX— que la acumulación de la riqueza heredada –o capitales heredados— tebderían a superar la riqueza creada por el mérito o el esfuerzo personal.
En la obra “La Tiranía del Mérito” (2020), del filósofo político estadounidense Michael Sandel, el autor se centraría en las subjetividades generadas en las conciencias de las personas que caerían presas de un sistema tirano. Es decir, plantearía que la meritocracia no sólo erosionaría la solidaridad, alimentaría el individualismo y afianzaría las desigualdades; sino, además, generaría una suerte de ‘tiranía moral’: en donde, quienes ‘triunfan’ se creerían con derechos a ser incondicionalmente merecedores de todo y quienes ‘fracasan’ interiorizarían la culpa de su derrota y se autocondenarían al exilio en la carrera meritocrática. Asimismo, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, en su muy reseñada obra “La sociedad del cansancio” (2010) analizaría a las sociedades postmodernas bajo la influencia del neoliberalismo; en donde, bajo la premisa ilusoria de la libertad –que implicaría asumir enfermedades neuronales como agotamiento, depresión y burnout—, el ‘sujeto neoliberal’ sería empujado hacia la autoexplotación y sería convencido de que sus logros o su ‘éxito en la vida’ dependería únicamente de su rendimiento individual y de su propio mérito.
Lo cierto es que, la meritocracia no solamente se convertiría en un sistema que no obedecería a sus aspiraciones primigenias; sino, en el mejor de los casos, rendiría pleitesía al conocimiento científico y académico, exceptuando el conocimiento empírico –por ejemplo, muchos maestros cultores del campo del arte se sentirían apartados de la carrera meritocrática—. Al final, todo se resumiría en currículos vitae abultados de papeles –originales e inventados—; pero que, en pocos casos, garantizarían el mérito reseñado. Y si fuera el caso que sí, tampoco importaría; porque seguirían los direccionamientos de plazas en función de favores por pagar. Así, los legítimos merecedores de los puestos quedarían excluidos y sólo serían favorecidos los cercanos a las ‘argollas’; o sea, como siempre, el mérito seguiría siendo el ser familiar o allegado a algún padrino en el poder.



