Mario Zenitagoya | Otra Mirada
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Estamos en el mes de la patria. El 28 de julio se conmemora los 203° aniversario de la proclamación de la Independencia Nacional (concedida u obtenida) es tema de debate entre los historiadores e investigadores sociales.
El hecho de embanderar las viviendas o los autos con los colores de nuestra patria, es como si con este simple hecho diéramos a conocer a todos el sentirnos orgullosos de nuestra nacionalidad.
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Sin embargo, mucha gente que dicen estar “orgullosos de ser peruanos”, patean en la práctica los valores, muestra de indiferencia frente a los problemas comunes o las que en estos tiempos estamos atravesando.
El patriotismo no es asunto de empapelarnos de rojo y blanco. Estar orgullosos de ser peruano es respetar a nuestro prójimo, es preocuparse e identificarnos con la problemática nacional-sin que necesariamente sea el mes de julio – practicar la cultura del reclamo ante tanto abuso en la prestación de los servicios básicos, la práctica de las buenas costumbres o será que estamos de a poco a deshumanizarnos?.
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El orgullo de la nacionalidad, es rechazar la corrupción y a sus operadores, exigir a que la justicia sea realmente justicia y no complicidad o impunidad. La defensa irrestricta de los derechos humanos. La búsqueda de una sociedad mas equitativa y democrática. Manifestar el rotundo rechazo al “negocio de la política y el populismo barato de los seudo políticos”.
Defensa del derecho a la educación y la salud. En el caso del primero encaminar su calidad y el segundo hacer prevalecer el trato humano y no el negociado en este campo.
Se nos enseñó respeto a la Patria, a la bandera, a nuestros héroes, a nuestra historia. ¿Somos un país rico, completo de tradiciones, pero que está ocurriendo a la fecha?.
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Los gobernantes de turno, con contada excepción, avalan irregularidades o la corruptela en todo sentido y en diferentes espacios.
Cada día hay más hambre, más desempleo ahondándose la marginación, el racismo. Se han perdido los valores de la honestidad, la verdad y contrario a ella aumentó el flagelo de la delincuencia, violaciones de menores, maltrato a la mujer y sobre todo la corrupción.
¿Y nuestra juventud? ¿Es la esperanza de cambio? Para muchos opinólogos es todo lo contrario.
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Nuestro Perú, nuestra patria chica, Ayacucho debe encaminarse hacia mejores condiciones de desarrollo económico, social. Para ello requerimos de liderazgo, de líderes con suficiente fuerza moral y ética. Para ello debemos tener autoridades honestas, transparentes que trabajen junto al pueblo.
Al éxito se llega por el sacrificio y al sacrificio se lo enfrenta con una causa noble que se quiere servir. Trabajar con realidades y no ilusiones.
La honestidad y la justicia son valores, criterios de juicio para guiar la conducta personal y social. De unos años acá hemos descreído de ellos. De ahí que sea necesario tener claridad acerca de lo que significan para obrar conforme a ellos.
Séneca decía: “Lo que las leyes no prohíben, puede prohibirlo la honestidad”



