Ha sido el Covid la que desnudado al país. Una minoría, ubicada especialmente en la capital de la república y menos de una decena de ciudades, donde funcionan escuelas y colegios privados exclusivos por el alto costo de las pensiones escolares.
En el otro extremo, están las escuelas y colegios, ubicados en remotas comunidades campesinas – quechuas y aimaras- y nativas amazó9nicas, sin acceso al internet y con señales muy débiles, ya familias que desconocen o no tienen las habilidades para manejar los equipos de ultima tecnología, como las tables, celulares o computadoras.
En Ayacucho, este tipo de comunidades son más abundantes que las que imaginamos. Somos una región donde la población rural sigue siendo significativa, y que vive en comunidades de difícil acceso para la comunicación, carecen de energía eléctrica y no hay acceso al Internet ni a la televisión.
Se agrava la situación porque son comunidades con un alto índice de analfabetismo, no sólo porque no saben leer y escribir, sino porque aquellos que lo saben son ignorantes digitales. Por tanto, estos padres y madres de familia, que deben ser el apoyo de las clases virtuales que se dan a través de la radio, la televisión o en internet, no pueden cumplir con este propósito.
Pero no sólo están ubicadas en las zonas altoandinas, como muchos creen. Encontramos este tipo de centros educativos en las zonas periféricas y pobres de la ciudad de Huamanga, donde se han instalado desplazados que llegaron huyendo del terrorismo y de la pobreza rural.
¿Cuál debe ser la salida a este problema? El retorno a las clases presenciales ha sido señalado por el ministerio de educación y de hecho, ya han comenzado a funcionar esta modalidad en algunas escuelas, tanto periurbanas de la ciudad de Huamanga como en los distritos.
Y es en esta situación que también surge un problema, y es la situación de los profesores que trabajan en estos centros educativos, que requieren estar protegidos, es decir, vacunados para no contagiarse y menos contagiar a los estudiantes.
No olvidemos, que en la mayoría de los casos, los profesores viven en la ciudad y viajan diariamente -o por lo menos semanalmente- a la comunidad donde trabajan, pudiendo, de hecho, ser portadores del virus.



