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La estetización del paisaje andino | Opinión

Lalo Quiroz | El Partero
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El viernes antepasado, con motivo de la presentación del libro publicado en inglés Beyond the Post-Colonial Gaze / Recognising Pachamama (Más allá de la mirada poscolonial /Reconociendo a la Pachamama) del filósofo italiano Paolo Furia, tendría la oportunidad de compartir una mesa de carácter académico –que se convertiría en una charla amena— con el historiador Nelson Pereyra, el antropólogo Jefrey Gamarra y el propio autor del libro; la presentación que, además contaría con la presencia del rector Armando Guevara de la Universidad para el Desarrollo Andino (UDEA), gozaría de la asistencia de un pequeño pero nutrido número de asistentes –entre ellos, el antropólogo Jaime Urrutia—.

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Furia, entre muchos otros aspectos, plantearía en su libro que conocer un espacio como paisaje significaría: «aprender a reconocer sus cualidades estéticas inherentes (no solo visuales) tal como se manifiestan en la experiencia. En este sentido, podríamos considerar el paisaje como objeto de un tipo de experiencia que denominaré estético-geográfica. Esto nos lleva directamente al segundo sentido del significado filosófico de la experiencia del paisaje: experimentar diferentes paisajes (es decir, tener experiencias estético-geográficas) contribuye de manera no extrínseca a configurar el significado, el alcance y la relevancia del concepto de paisaje en sí mismo» (la traducción es mía). Así, desde esa perspectiva, el autor se interesaría en el reconocimiento de cualidades estéticas y el significado del paisaje andino; recorriendo algunos parajes de Angaraes –incluido, por supuesto, Lircay— en Huancavelica. En ese sentido, y dado que consideraría que el libro estaba atravesado por el doble significado de la categoría filosófica estética, mi intervención iniciaría por centrarse de manera específica en dicha categoría; y, sin ninguna pretensión de realizar un análisis del libro –el cual esboza una especial complejidad—, empezaría por acercarme a los dos significados de la categoría estética. En donde, el primero, tendría su raíz en el griego antiguo aisthētikos, que significaría “relacionado con la percepción sensorial”; el mismo, que derivaría de aisthesis, que se traduciría como “sensación” o “percepción” –entendiéndose a la percepción como la capacidad de percibir a través de los sentidos—.

El segundo significado, provendría de la obra Aesthetica del filósofo alemán Alexander Gottlieb Baumgarten –quien contribuiría a consolidar a la estética como disciplina filosófica—; así, este autor, plantearía que la estética es «la teoría de las artes liberales, gnoseología inferior, el arte del pensar bellamente, arte del análogo de la razón, la ciencia del conocimiento sensible». Así, entre otros aportes, Baumgarten –al igual, que el filósofo alemán Friedrich Hegel— terminaría por asociar el concepto de estética con la belleza y con lo que más adelante sería denominado ‘bellas artes’ por el filósofo francés Charles Batteux; esta concepción de estética perduraría hasta el día hoy e incluso la misma sería tomada prestada por los denominados ‘centros de estética’ –en alusión a la idea de belleza corporal asociado al canon griego—.

Las experiencias estético-geográficas, que plantea Paolo Furia, buscarían acercarse al paisaje andino –y en general— desde esas dos concepciones de la estética; lo cual, desde mi percepción, implicaría una comprensión de la cosmovisión del lugar. Y, desde una mirada externa a dicho paisaje, «una respuesta provisional es que el pensamiento filosófico genuino surge cuando permitimos que nuestro encuentro con el mundo cuestione las categorías con las que estamos equipados, obligándonos a repensarlas o enriquecerlas». Así, no representaría lo mismo escalar los Alpes con la intención de enfrentarnos al desafío de nuestras propias limitaciones y a nuestra finitud; que, ascender a la cima del Apu Razuhuillca –lo cual, implicaría un previo ‘permiso’ como un acto de humildad y respeto a un ente tutelar—. Y, para ello, deberíamos estar preparados para cuestionar las categorías con las que venimos equipados. Sobre todo, como bien haría alusión el autor del libro, en una época que la estetización del paisaje andino habría quedado reducida a las exigencias del mercado del turismo; y, en donde, la espectacularización del paisaje y la hipersensibilización de las imágenes estarían sujetas al mismo.

Sin duda, la presentación del libro Beyond the Post-Colonial Gaze / Recognising Pachamama nos dejaría muchas interrogantes –y es como tendría que ser— y reflexiones que habría que retomar; particularmente, a propósito del título del libro, me quedaría con algunas inquietudes. Una de ellas, en relación al subtítulo: “Lircay, la pequeña Suiza”, se lo manifestaría a Paolo: el tratar siempre de asociar de manera ínfima nuestros modelos a referentes occidentales, ¿no representaría una tara colonial?

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