Ascencio Canchari | Figuras y aspectos de la vida mundial
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Las instituciones, incluidas las grandes potencias y la ONU, han sido incapaces de frenar este proceso, o, incluso, resultan promotoras de escenarios marcados por la guerra, la incertidumbre y la desigualdad. Lo que está claro es que la arquitectura institucional, tanto dentro como fuera de los países, se ha vaciado. Antes, la visión de unilateralismo funcionaba: había gobernanza nacional y cooperación internacional. Hoy en día la transición a un mundo multipolar, con la transnacionalización de la producción y las cadenas de valor global, ha escapado del control de los políticos locales. Han perdido su capacidad para gestionar sus propias economías o para ser parte importante en la intermediación como lobistas de las grandes empresas, y mucho menos para ser rectores de los objetivos sobre sus relaciones internacionales.
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Es decir, ni interna ni externamente los países determinan sus políticas; son las corporaciones las que lo hacen, y esto ha trastocado al mundo. El equilibrio de poder, la disuasión o la contención parecen no intervenir, solo la generación de beneficios. Lo que estamos viendo en estos últimos años, en la práctica, es la dificultad para sostener en el tiempo un orden unipolar. Uno de los Cuadernos de Estrategia, el N.º 224 del Instituto Español de Estudios Estratégicos explica de manera clara la redistribución del poder mundial: Huntington apuntaba maneras al defender la tesis de que, más que unipolar, el mundo era unimultipolar. A ojos de Huntington, la situación era salvable para los EE.UU. porque detrás de cada rival geopolítico había un aliado de Washington, marcándolo (léase; Rusia, como rival y Ucrania, como “marcador del rival”; China, como rival y Japón, Taiwán y Corea del Sur, como “marcadores”; Irán, como rival y Arabia Saudita, como “marcador”; India, como rival y Pakistán, como “marcador”). Sin embargo, hoy observamos que en los dos últimos casos eso ya no es así, con Irán y Arabia dándose la mano, China de Celestina y Pakistán aferrada a la Organización de Cooperación de Shanghái y con ánimo de ingresar en los BRICS, mientras Ucrania está en el alambre.
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También está la mirada del fracaso en gestionar lo interno, que complementa lo externo. La CEOcracia, plutocracia o democracia corporativa ha sacado del juego a los políticos, cuyo papel en la actualidad es de cabilderos, definidos como chanchulleros, conspiradores, lobistas, etc. Es decir, generadores o facilitadores de negocios para la clase dirigente. Esta pérdida de la capacidad de ser intermediarios ha eliminado la habilidad de gestionar las desavenencias con los perdedores económicos del modelo en cada país y ha desterrado la democracia. Ahora, en la configuración del Modelo de Orden Mundial, solo son relevantes las disputas que se entablan entre los actores con poder, es decir, Estados-nación poderosos o corporaciones que manejan esos Estados. En los últimos 30 años, la globalización económica fue impulsada por una tríada neoliberal de privatización, liberalización y financiarización. Hoy en día, las empresas transnacionales, junto con las redes mundiales de valor en materia de producción, suministro, distribución y las ventas que controlan, representan el 80% del comercio internacional.
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Los golpes de Estado, las crisis económicas, el endeudamiento externo, la fuga de capitales, entre otras cosas, abrieron la posibilidad de la concentración y la hegemonía corporativa. El caso extremo, sería la Argentina actual, donde la sociedad votó por que las empresas sean quienes determinen los destinos del país en base a los negocios particulares. ¿Por qué se pierde la autonomía? Porque las élites que conducen ese Estado periférico se consideran un apéndice político, económico e ideológico de la metrópoli. Por lo que no hay proyecto de país, ni integración regional para obtener poder. No sirve como estrategia la unión o potencializar los BRICS o el Mercosur si no son sujetos de beneficio. Así, internamente se pueden estudiar múltiples relatos de la generación de la inflación, pero al momento de negociar programas de precios en la Argentina, los gobiernos tienen que sentar en la mesa a productores industriales y supermercadistas. Allí, sólo necesitas tener representantes de 20 empresas, entre fabricantes y comerciantes, para armar el tablero de los alimentos que deberían llegar alas mesas argentinas. El 74% de la facturación de las góndolas de los supermercados está en manos de apenas esa cantidad de compañías.
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Las tierras están en manos de 20 terratenientes. Entre los que más concentran hay empresarios y grupos que tienen entre 100 mil y más de un millón de hectáreas de todo tipo, como Benetton, Eduardo Elsztain o Eurnekian. Elsztain tiene 538.822 hectáreas y ahora administra la Agencia de Bienes del Estado, el inventor del presidente Eduardo Eurnekian tiene 105.397 hectáreas. La mayoría de los dueños de las tierras son también de las mineras, por ejemplo, Integra Lithium, conglomerado presidido por José Luis Manzano, tiene 573.000 hectáreas, además de su participación en empresas energéticas y medios de comunicación. Ninguno de los complejos exportadores, donde el 42.1 % de las ventas al extranjero son el sojero, maicero, triguero, girasolero y de la carne, son argentinos; el petroquímico o el automotriz están dominados por grandes grupos económicos o transnacionales, ninguno con ellos siquiera tiene una Dependencia racionalizada: donde las elites tienen un proyecto nacional pero dependiente del centro. Sólo extracción, liquidación y fuga de divisas y dependencia de materias primas y minerales.
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De esta manera, es imposible que un Estado-nación que no funcionan como tal, la democracia sea una vía alternativa de elección para mejorar. Si los Estados juegan a acatar lo que dicen las empresas, ¿Quién controla a las empresas más poderosas del mundo? No hay una respuesta absoluta a estas preguntas, pero sí hay una explicación muy cercana. Son dos empresas: Vanguard y BlackRock los dueños del mundo. dos gigantes del mundo financiero, que se esconden detrás de todas las Big Tech y de todas las grandes compañías del mundo. Dos fondos de inversión que gestionan un total de 17 billones de dólares. Cifra similar al PIB de toda la Unión Europea.



