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Nueva Izquierda: ¿Voto a favor o en contra? | Opinión

Jesús Ospina | Símbolos y gestos
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Este es el primer artículo, de una trilogía de apuntes, sobre la vigencia del socialismo y su accionar hoy. La hipótesis de muchos, es que la Nueva Izquierda-NI, que ideológica y políticamente se inició en la década de 1960, no entiende plenamente hasta hoy la propuesta socialista de José Carlos Mariátegui-JCM, y el uso del marxismo-leninismo aplicado a la realidad peruana. Por tanto, no pudo seguir su legado, su orientación, y no logró acumular fuerzas para desarrollar el socialismo.

Esa debilidad ideológica y política, como corriente socialista peruana, la podemos rastrear en la reciente elección del candidato presidencial de la naciente alianza electoral Venceremos, que puso en evidencia su fragilidad organizativa y programática, por su novedad, pues no tiene bases sólidas articuladas, programa ni plan de gobierno trabajado conjuntamente. Y sin un proceso de construcción frentista, acuñada en el tiempo, la alianza es una plataforma electoral inconsistente.

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Allí, hubo dos precandidatos con orígenes, trayectorias y simbolismos disímiles: Vicente Alanoca, por Nuevo Perú-NP, catedrático en la Universidad Nacional del Altiplano, aymara, comunero de Ilave-Puno, región donde asesinaron a decenas de personas en el 2023, y la de Ronald Atencio, Voces del Pueblo-VP, huanuqueño, radicado en Lima, abogado defensor de Guillermo Bermejo, encarcelado por terrorismo, y representante de una militancia más marxista y partidaria.

Para Dalia Abarca, candidata a la vicepresidencia en la plancha de NP, antes de la votación, hubo disertaciones de respaldo a la plancha presidencial de VP, remarcando la importancia de la “formación ideológica marxista, comunista, de la representación de las izquierdas”, contrario a lo étnico o comunitario. Abarca señala que ello revivió discursos con anclajes de la Izquierda Unida de 1980, que fue un “proceso heroico”, pero que implosionó en su tiempo, es decir, no es vigente.

Simultáneamente, otros sectores, donde ella milita, proponían un horizonte anclado en las raíces del sur andino, comunitario, vinculado al buen vivir, con una representación propia y distinta a la limeña. Alanoca condensó esa perspectiva en una frase potente: “Antes que comunista, soy comunero”, afirmación identitaria y política, desde y para los pueblos originarios y excluidos históricamente, y que aún carecen de representación política nacional.

Por ello, Abarca se sintió atrapada “en una disputa histórica de largo aliento” que resumimos en: ¿la contradicción principal es de clase o es también étnica y cultural?, ¿puede la clase explicarlo todo, en un país estructuralmente discriminatorio y centralista? Para ella no se puede evadir la condición indígena ni su relevancia en las profundas desigualdades. Por ello, agregamos, debe ser parte fundamental en la construcción de una propuesta ideológica, programática y política.

En ese trasfondo, Alanoca —nuevo en la militancia socialista— no logró mostrar que su afirmación comunera no contradecía, sino que reforzaba la tradición mariateguista, por la cual la experiencia indígena, comunal y participativa era una base fértil para el socialismo. Para JCM, ser comunero podría significar ser mejor comunista, tener un mejor cimiento para una práctica socialista, pues en una comunidad rural o semi rural, se practica la democracia directa y participativa, sustentadas en los sistemas organizativos y sociales de la tradición andina como el ayllu y el ayni.

Así, las prácticas sociales y políticas andinas ancestrales, y la condición étnica no habrían sido asumidas por sectores de las dirigencias marxistas ortodoxas, que quizá rechazaron a Alanoca por reformista, vacilante, tibio. Ello refleja que el pensamiento marxista dogmático de sectores de la NI sigue sin entender a JCM, y cree que la contradicción es solo clase contra clase, o como dijo Vladimir Cerrón cuando ganó Pedro Castillo, revolución versus contra revolución.

Esas concepciones impregnaron el dogmatismo y sectarismo en Izquierda Unida en los años 80, que fue uno de los factores de su división. Esa lógica confrontacional —comunismo versus capitalismo— sigue operando. Ese marco mental necesita un mecanismo operativo: el centralismo democrático, principio leninista practicado por un núcleo dirigente sin las masas, y cuyos acuerdos se aplican centralizadamente para bien de las masas. Lo veremos en la siguiente entrega.

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