Lalo Quiroz | El Partero
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El sábado pasado, vísperas al inicio de la semana jubilar por el septuagésimo tercero aniversario de la fundación de la ESFAP “Felipe Guamán Poma de Ayala” de Ayacucho, se dieron unos hechos lamentables y vergonzosos que parecieron no haber opacado mucho a las celebraciones de dicho aniversario. Según fuentes periodísticas, el docente Saúl Sulla Valdez habría sido detenido por efectivos de las Rondas Urbanas del FREDEPA, tras conducir en visible estado de ebriedad –generando dos accidentes y poniendo en riesgo la vida de las personas— e intentar darse a la fuga; sumándose así, a la gran lista de imprudentes al volante, como el conductor que hace unas semanas les arrebataría la vida a tres personas y que hasta el momento se encuentra en estado de no habido –y menos buscado—.
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Este docente, que ha demostrado una irresponsabilidad absoluta, una falta de respeto por la integridad y la vida –la propia y la de los demás— y una completa ausencia de ética y quien además vestía el buzo deportivo con el escudo de la ESFAP “FGP”; no es más que, simbólicamente, el claro y nítido reflejo de la heráldica de quienes vienen dirigiendo dicha institución. A la cabeza, con el señor Marcelino Taipe Carbajal, un director que –sin ninguna formación, ni experiencia ni trayectoria en el campo del arte— ha destruido la formación artística con su pésima gestión de ocho años; y en cuya tarea, ha desempeñado un rol protagónico el beneplácito y el respaldo del séquito que lo abraza incondicionalmente. Una institución que pudiendo ser el faro en la formación artística en esta parte del país, gracias a la inmensa riqueza artística y cultural heredada de sus antecesores y antepasados, hoy se ha convertido en un espacio para el aprovechamiento parasitario de una mayoría enquistada; quienes, en lugar de preocuparse por la educación, sólo ven en la institución una forma de hacerse de sus sueldos y vivir ociosamente del Estado.
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Un internauta en las redes, ante la conducta bochornosa y patética del docente en cuestión, escribiría: “ese profesor es de bellas artes y así como ven, como docente, es una lacra, todos los alumnos lo conocemos su mal comportamiento” y otro internauta se preguntaría ¿Cómo pudo obtener una plaza en la institución? Y, la respuesta es simple: así como no hay filtros para el ingreso de estudiantes –con tal que sostengan la continuidad de la institución—; del mismo modo, los filtros para los docentes van a estar determinado por su complacencia para sostener el engranaje de la maquinaria de ese sistema caduco –y, obviamente, de su habilidad para el fulbito y el ‘fulvaso’—. Por el contrario, el que aparezca como una piedra que obstruya el buen funcionamiento de ese engranaje, quedará rápidamente excluido; y, además, será desacreditado y ‘embarrado’ de todas las formas posibles. Y hasta será proclamada persona non grata. Y es que, para cualquier grupete carente de pensamiento crítico, la crítica siempre será vista como una amenaza a un orden inamovible; por eso, vociferarán: ¡esos le hacen daño a la imagen de la institución! Pero, la pregunta sería ¿Qué le hace más daño a la institución? ¿hacer crítica a hechos que perjudican a la institución para corregir y lograr cambios que redunden en beneficio de la misma o esconder los errores bajo la alfombra, hacer como si nada hubiera pasado, y seguir perjudicando a la razón de ser de la institución?
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En cualquier institución educativa, que se precie de la educación de sus estudiantes y de su rol formador en la sociedad, tal conducta de un docente hubiera conllevado inmediatamente a su separación y expulsión de la institución; sin embargo, en este caso, eso no va a suceder. Porque la ropa sucia –y los buzos deportivos sucios— se lava en casa y, además, porque todo debe quedar en ‘familia’. A propósito, Don Vito Corleon –personaje que encarnaba a un capo de la mafia italiana de los años veinte en el libro El Padrino de Mario Puzo—, tenía un especial significado sobre la familia: «Un hombre que no pasa tiempo con su familia nunca puede ser un hombre de verdad». Se refería, obviamente, a ese hombre respetuoso de los códigos de la ‘familia’ –léase la mafia, en términos de Corleone—; y, sobre todo, leal a ella. Sólo así, la ‘familia’ lo protegería; de lo contrario, lo eliminaría.



