Como cada año en los exteriores del mercado Andrés F. Vivanco, a la espalda del arco San Francisco, se instaló la feria del “Wawa tanta” ante la proximidad de las fiestas de Todos los Santos, en donde es una costumbre consumir el tradicional pan wawa.
Son más de 20 mujeres emprendedoras que vienen expendiendo sus productos y cada una de ellas tiene una historia distinta, pero todas apuntan a un solo objetivo, que es mantener la historia y tradición del wawa.
En el bullicioso mercado central, Luz Maribel Palomino Robles se ha convertido en un ícono gracias a su dedicación a la venta de wawa. Con 15 años de experiencia en la elaboración de este dulce tradicional, Luz no solo ofrece un producto delicioso, sino que también comparte una parte vital de la cultura ayacuchana.
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El pan wawa, con su forma de figura humana y su masa esponjosa, es un elemento esencial durante estas fechas. “Cada pieza que hago está hecha con amor y respeto hacia nuestros difuntos”, comentó Luz Maribel, mientras coloca cuidadosamente los panes recién horneados en su mesa. “Este pan es un símbolo de unión familiar y memoria”.
La mujer inició su negocio en la cocina de su hogar, aprendiendo las técnicas de su madre y abuela. Con el tiempo, su reputación creció, y ahora es conocida no solo por la calidad de su pan, sino también por la calidez con la que atiende a sus clientes. “He visto crecer a muchas familias que vienen a comprar mi pan. Para ellos, es parte de su tradición”, añadió con una sonrisa.
A vísperas de las fiestas de Todos los Santos, la demanda por el pan wawa aumenta de manera considerable, por lo que las popularmente “waweras” adaptaron su producción para satisfacer a sus clientes, trabajando largas horas y asegurándose de que cada pieza sea perfecta.
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Las vendedoras como Palomino Robles son el corazón de esta feria, y su trabajo contribuye a mantener vivas las tradiciones en Ayacucho. “Es un orgullo para mí saber que mi pan forma parte de las ofrendas y celebraciones de muchas familias”, aseveró Ana María Espinoza, quien también lleva 20 años en este negocio.
La dedicación de Ana María a su oficio es un recordatorio de la importancia de las tradiciones y la identidad cultural. Su historia, tejida con amor y esfuerzo, es un ejemplo de cómo la gastronomía puede unir a las personas y mantener vivas las costumbres.
” Este año hemos trabajado arduamente para mejorar nuestras recetas y ofrecer un producto fresco y de calidad. Esperamos que la población responda positivamente”, sostuvo.
La comerciante señaló que solo salen a vender wawa una vez al año, y que es una oportunidad para mejorar sus ingresos económicos; no obstante, advirtió que las ventas no son como antes debido a la actual coyuntura política que atraviesa el país.
Melania Espinoza de Candia es otra de las impulsoras en el arte de la elaboración del pan wawa, cuyo consumo incrementa el 1 y 2 de noviembre. Recordó que se dedica a la venta y preparación de panes desde que tenía 12 años de edad. Es un legado que le dejaron sus abuelos y que perdurará a través del tiempo.
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Ella es natural de la provincia de Huamanga y trabajó en una de las primeras panaderías creadas en el centro histórico de la ciudad, en el jirón Bellido, a pocas cuadras de la Plaza Mayor.
Añadió que son ocho las personas que intentan conservar esta tradición preparando wawas solo en fechas especiales.



