Vivir de espalda hace un llamado a la geografía social, esas dimensiones territoriales cargados de exclusión, porque vivir de espaldas, es en realidad, una alusión geográfica típicamente peruana que alude a: los conos, los sectores cholos, los andes, los centros poblados de nuestra selva, la periferia y las provincias. Vivir de espaldas es negar ese país diverso y sus procesos como tal, es quitarle derechos al sujeto y al lugar en que vive y habita, pues hasta el lugar es denostado y estigmatizado. Por ello, hablar de sectores A, B, C, D y E tienen su propio contenido, ni hablar de los otros territorios.
Vivir de espaldas es la expresión de una nación inconclusa, hecha a medias con sables, perdigones, canicas y balas. Es lanzar una frase de un: “no lo sé…”, que sugiere ningunear, borrar y mantener en el anonimato a personas, instituciones, costumbres y acontecimientos, más aún, si lo hacen esos peruanos que habitan más allá de los límites de las dimensiones urbanas de la pitucada. Si a uno no le importa el país real, menos le interesan los muertos, los heridos, los baleados y las madres que lloran. Terminan haciendo la burda simplificación de un ex premier: “aun no entiendo que quieren los muchachos…”, y claro, ni hablar de la tachadura grosera de Omar Chehade cuando afirma que: “son 200 o 300 gatos los que protestan…”
No es un país de miopes políticos, es simplemente, detestar que la población ejerza su soberanía política. Es decir, se hacen la pregunta de un pasado lejano: ¿Cómo es posible que indios anónimos ejerzan soberanía y quieran cuestionar el orden legal? Por ello, Antero Flores Araoz expresaba con impotencia su incomprensión con la célebre frase: “no lo sé…” Esa negación, es en realidad estructural, una negación histórica de poblaciones enteras del país, que permanentemente han sido invisibilizados, negados y borrados del mapa. Son los peruanos a medias e inconclusos, a quienes se le debería balear sin piedad, hasta morir, como Inti y Jack Bryan.



