El terruco no está quieto, no es inercia. Muchas veces protesta por derechos básicos, inclusive saca a presidentes del poder político. Ser terruco es aquel sujeto que vive en su país y le desconocen como tal, como ciudadano y sus diferencias identitarias. Es un paria en su propio país, vive a la deriva, con una identidad que no concluye, no cierra, es decir, es un “ciudadano”, pero también un cholo de mierda. Somos sujetos inconclusos que nos desenvolvemos en un estado liminal, ni lo uno, ni lo otro. Por eso nuestra indignación, por eso nuestras dudas, por eso nuestra rebeldía, por eso luchamos para que nos reconozcan.
El terruco es un sujeto rasgado, pues la historia se ha encargado de amilanarlo, sujetarlo y dominarlo, pero en la historia peruana el terruco se levanta intempestivamente haciendo mover las capas tectónicas de los andes, gritando a los vientos que existen y son parte de algo llamado Perú. Terrucos en mi país hubo y pululan como las estrellas en el firmamento andino, sólo es cuestión de darle un repaso a nuestra historia.
El terruco demanda derechos, protesta dignidad, pero el poder cual monstruo de siete cabezas le niega, lo marca y lo estigmatiza. Lo hace parecer ante la opinión pública como terrorista, tal cual una dinamita a punto de explotar y crear tragedia. También el terruco es un sujeto no reconocido, por tanto, no es legal, no es un ser humano, por ello se le violenta, se le humilla y se le mata. Es una víctima sin nombre y número a quien no debería dar importancia alguna.
Nosotros los terrucos avanzamos con todas las trabas que hay en el camino, contra los medios de comunicación que te venden una versión falsa de la historia, contra los grupos de poder empeñados en la continuidad del fujimorismo y contra todo que pisotee la dignidad humana en este rincón del mundo.
¡Somos terrucos, seámoslo siempre!



