Pensar que la muerte de una persona sella el final de una ideología extremista, es negar los condicionantes históricos, sociales y económicos que los provocaron, y que han sido la causa última de la violencia que aún persiste.
Que somos una sociedad desigual y que la brecha entre pobres y ricos se hace cada vez más visible, eso no ha cambiado desde mediados del siglo XX, en que los movimientos de liberación nacional germinaron en los intelectuales de la década de los 60, dando como resultado las primeras guerrillas.
Ya que el discurso revolucionaria seduce mejor los estómagos vacíos, de quien nada tiene que perder y a quien solo le queda en prenda ofrecer su vida.
Por tanto, el surgimiento de la violencia política es una respuesta a la falta de identificación del Estado con sus obligaciones sociales, al haber claudicado en su fin supremo de garantizar la dignidad humana de sus ciudadanos.
No olvidemos el régimen medieval al que estaba sometido el indio en las haciendas y como su explotación era auspiciado por la aristocracia latifundista que postergaba todo proyecto de reforma agraria efectiva.
Aun cuando el gobierno militar del General Juan Velazco Alvarado, abordo el problema del indio y su vínculo indisoluble con la tierra, no tuvo la visión de avanzar en una agenda de equidad social que la patria requería con urgencia.
Lo que trajo con el retorno a la democracia y la vuelta al poder de la derecha, la respuesta de los movimientos de ultra izquierda que vieron en la lucha armada un camino a la conquista del poder.
Pero el Estado, que no estuvo a la altura de las circunstancias para contrarrestar estos movimientos en el terreno de la ideología y que tampoco fue capaz de desarrollar políticas públicas para revertir las condiciones sociales y económicas favorables a un cambio de estatus quo.
Actuaron con total desproporcionalidad inaugurando en los años 80 un terrorismo estatal, convirtiendo a sus fuerzas públicas en los enemigos de su población a quienes había jurado proteger.
Muestra de ellos es la lamentable matanza de Accomarca como testigo de latente de esa realidad en la que se vieron sumergidos los pueblos en una guerra criminal que todos debemos condenar.
Que las personas somos responsables de nuestros actos y debemos asumir nuestros delitos, eso es incuestionable, pero no debemos olvidar al enterrar nuestro odio en una persona que mientras subsista las condiciones de desigualdad, inequidad y olvido de un gran cordón de la población siempre surgirá el mesías que nos prometerá la salvación, sin meditar el costo que terminamos pagando todos por esa confianza ciega.



