Sin embargo, la raíz del problema lo podemos identificar en su composición, cómo se puede pretender el favor popular, cuando su agenda secunda los intereses de unos pocos favorecidos del país.
Se trata pues de una invitación a votar para aquellos que ofrecen seguridad y orden pero a costa de sacrificar la justicia y equidad social.
Históricamente muchos hemos sigo oprimido por pocos, desde las sociedades esclavistas como la ciudad – Estado de Esparta que sometía al pueblo de los ilotas mucho más numerosos que los cuidadanos espartanos, o los Romanos que gobernaron sobre 72 millones de personas, muchos de ellos esclavos y desprovisto de toda ciudadanía.
En la edad media la situación de desproporcionalidad e inequidad entre gobernantes y súbditos no fue distinta, para luego trasladar esa dinámica al Estado de derecho que se inaugura con la Revolución Francesa.
En nuestro país durante el inicio de la República es la oligarquía y la aristocracia latifundistas heredera de la pequeña nobleza de la Virreinato quien domina el escenario político, económico y social.
Quedando en un papel secundaria las grandes mayorías cuyas necesidades fueron invisibilizadas.
Eran tiempos dónde el voto popular no era un ejercicio democrático sino una gala de poder, quienes se apoderaban de las mesas de votaciones antes que los contenedores aseguraba el sufragio para su partido y cuando esa vía le era esquiva a sus intereses recurrían al golpe de Estado para imponer una dictadura a manos de un caudillo militar que despertará la ilusión del cambio.
El partido que quiera detentar el poder que el pueblo en su soberanía le otorga debe representar con sus propuestas a todos y todas los ciudadanos del Perú y no me refiero aquellas dadivas demagógicas que se ofrecen en campaña, sino la verdadera agenda que se va realizar, que es objetiva y razonable de acuerdo al mandato concedido.
Nos encontramos a puertas de las elecciones regionales y municipales donde muchos partidos van a ensayar fórmulas que les permitan ganar las próximas elecciones generales, también es un buen termómetro para medir el grado de aceptación pública del partido o movimiento político.
Aun cuando lo que caracteriza a estas contiendas electorales es la atomización de movimientos regionales y locales que surgen y desaparecen sin vocación de continuidad.
Que no permiten el surgimiento de la institucionalidad democrática que se cimienta no en los candidatos sino en los partidos.
Por tanto, no podemos apostar por la exclusividad sectaria y luego pretender aparentar ante los electores una inclusión y apertura del cual se carece desde los principios, queremos partidos que represente intereses generales y busquen el bienestar nacional, y no meras caretas de democracia.



