Y los congresistas de Ayacucho no son la excepción. Forman parte de la misma repudiada representación, que no estuvo en ningún momento a la altura de sus responsabilidades constitucionales, y siguen hasta hoy, afectando la gobernabilidad del país.
En este periodo que les ha tocado representarnos, han tenido la oportunidad –única en sus vidas- de ser congresistas. Se les subieron los humos, se sintieron los elegidos por los dioses y creyendo que los buscaban por sus dotes y cualidades personales, confundidos, aceptaron formar parte de las listas. Y, vaya sorpresa, resultaron elegidos.
En ningún momento repararon que eran cartas desechables. Si los buscaron, fue porque otros ciudadanos, con más méritos que ellos y por supuesto, con mucha mayor capacidad, no aceptaron ser congresistas por año y tres meses.
Fueron candidatos del montón, de aquellos que en épocas normales se utiliza para completar las listas, pero en estas circunstancias, fueron elevados a potenciales congresistas. Y, sin darse cuenta ellos, ni nosotros los ciudadanos, resultaron elegidos.
Estamos pagando la falta de seriedad que como electores hemos cometido. No sólo son responsables esas agrupaciones de negocios que se hacen llamar “partidos políticos” por no tener mejores cuadros políticos, sino nosotros los ciudadanos por elegir con los ojos cerrados: salga quien salga.
Claro, que pedirle cuadros a un partido del señor Acuña, es pensar que tiene militantes. No los tiene, y los que ingresan a su lista congresal, antes y ahora, son individuos que van por la libre y cuyos pergaminos, si los tienen, no son de alguna credibilidad.
Cabe lo mismo para esa organización neofascista que ha reclutado, al mismo ejemplo que Mussolini y Hitler a los licenciados del ejército para, con un discurso inflamado de nacionalismo, capturar el poder. Y los tenemos, a dos de ellos representados en el congreso.
No están por Ayacucho, pero tener una organización fundamentalista religiosa que sigue esperando la resurrección de su líder, es algo fuera de todo esquema político. Con congresistas que se visten al igual que los hombres y mujeres de hace 2000 años, y consideran que Dios ordenó que así deben vestirse los hombres y mujeres, estamos a un paso de regresar al pasado.
Este es el congreso peruano.



