Jesús Ospina | Símbolos y gestos
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Decíamos que la unidad de la izquierda socialista en los años 1980, partía más de intereses ideológicos, que de los intereses de los sectores populares. Ese proceso de ideologización de la política de muchos partidos, rompía la posible unidad, pues el rumbo político no lo dictaba la realidad y su contingencia, sino la claridad ideológica que muchos líderes creían tener.
Hubo un sobredimensionamiento, de muchos líderes, de la ideología que terminó disminuyendo la capacidad de interpretar la realidad. Se olvidó, consciente o inconscientemente, la lección central de Mariátegui: que la revolución en el Perú no podía ser calco ni copia, y que, dadas las condiciones de un capitalismo subdesarrollado, atrasado, con rasgos oligárquicos, y la ausencia de una burguesía nacional robusta, como hasta ahora, la tarea era llevar a cabo una revolución democrático-burguesa que completara las tareas pendientes de la construcción de un Estado-nación.
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Así, una razón del fracaso de la unidad de los partidos de la “nueva izquierda”, pese a tener vínculos orgánicos con sindicatos y movimientos sociales, fue que operaban bajo una relación vertical, pues sus concepciones ideológicas se imponían frente a concepciones populares de la realidad. Había espacios de encuentro, pero no de diálogo horizontal. La voz del pueblo era escuchada para ser instruida, no para ser comprendida. Se desfavorecía su sabiduría práctica por carecer de la “ideología marxista irrebatible”. La luz final de la verdad provenía de los manuales y los dogmas importados, no de la realidad concreta del país.
Esta dinámica convirtió la praxis política en una multiplicidad de autoritarismos en miniatura. Cada grupo, estructurado alrededor de un poder centralizado y una obediencia a la autoridad del líder, buscaba no deliberar sino imponer su sistema de ideas. La unidad, en este contexto, no significaba síntesis o construcción colectiva, significaba la subordinación del otro. ¿Hoy eso ha cambiado, o se ha reemplazado la ideología por las candidaturas?
Esta praxis era opuesta al proyecto mariateguiano, nutrido de la conversación y aprendizaje constante con obreros, campesinos, intelectuales, artistas para crear una visión peruana singular. La izquierda de los 80 demostró que, aunque nueva en su origen, repitió los viejos vicios del caudillismo, dogmatismo e incapacidad de crear un proyecto nacional desde y para la diversidad peruana. La unidad que el pueblo quería era la de un instrumento para servir, en cambio, ofrecieron con demasiada frecuencia, la de una herramienta para disputarse el poder, usando la ideología como arma. ¿Hoy son las candidaturas?
La lección de esa década—que la unidad auténtica se construye con humildad, escucha activa y una adhesión inquebrantable a la realidad sobre la ideología o sobre cualquier otro interés—sigue siendo hoy la tarea más urgente y pendiente para cualquier fuerza que aspire a representar verdaderamente el cambio en el Perú.
Una lección pendiente
En la agitada escena política de los años 80, la “nueva izquierda” fue una fuerza para renovar el horizonte ideológico y político del país. Algo parecido ocurrió en el 2016 con el Frente Amplio, cuya división un año después de las elecciones, echaría por tierra las aspiraciones unitarias populares. Siempre habrá razones de los líderes para la división, pero más razones habrá del mundo popular para la unidad.
El centro de esta contradicción es la unidad como opción, no como imposición de la historia y del clamor popular. Unidad que fue bombardeada y saboteada desde dentro. La división no la causó, quizás la auspició, la extrema derecha, sino los líderes de izquierda incapaces de construir una pluralidad democrática política auténtica. A pesar del respaldo popular para la transformación en democracia, la disputa por el poder era vista como antidemocrática y electorera.
El liderazgo democrático de Mariátegui murió con él, porque él no veía la revolución como una receta importada, sino como un proceso nacional enraizado en las necesidades del pueblo. Y concebía que el pueblo era el sujeto, no el receptor, y por tanto, aunque no calzaba con la ideología en curso, sus demandas debían ser escuchadas y convenientemente aplicadas. Porque la sabiduría popular daría garantía al socialismo.



