Lalo Quiroz | El Partero
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El carnaval tiene un origen milenario, con raíces en las culturas sumerias, egipcias, griegas y romanas de más de 5,000 años, vinculado a fiestas paganas de fertilidad. En la Roma Antigua, a través de todo tipo de manifestaciones de abundancia, habría celebraciones en el mes de febrero para honrar a Saturno –dios de la agricultura—; las fiestas, denominados los bacanales –en honor a Baco, el dios del vino—, se caracterizarían por ritos extáticos, excesos de alcohol y desenfreno sexual. Así, el carnaval transcurriría entre bailes y máscaras, donde las normas sociales se terminarían trastocando; al punto que, en algún momento, el senado romano se propondría abolirlo por supuestos riesgos de sedición en medio del desacato moral. Durante la Edad Media en Europa, con la expansión y consolidación del cristianismo, el carnaval adoptaría otra connotación sin perder su esencia transgresora. Así, desde el latín medieval se traduciría como carnelevarium o carnem levare, que significaría ‘quitar la carne’, anticipando la prohibición de comer carne durante la Cuaresma; el tiempo litúrgico de 40 días de preparación para la Pascua, según las tradiciones en la Iglesia Católica, que comenzaría el Miércoles de Ceniza y terminaría el Jueves Santo. El carnaval se adoptaría como un periodo dedicado a los excesos –sobre todo, libidinales—, antes del retiro espiritual de la Cuaresma; es decir, a partir de la fusión de antiguos festejos paganos con el calendario cristiano, aparecería como una suerte de mecanismo social liberador de tensiones antes de un periodo de estricta abstinencia. En nuestro continente, tras la invasión española, tales tradiciones europeas se mezclarían con las locales; dando lugar a manifestaciones diversas y sincréticas.
En la actualidad, el carnaval se celebraría en todo el mundo, con sus propias particularidades y diversidad; en donde, en un ambiente de festividad –siempre, caracterizada por el exceso y el desenfreno—, se produce un despliegue de color, música, baile y rasgos asociados a cada cultura. En Europa, sólo por mencionar un par de ejemplos, destacaría el Carnaval de Venecia en Italia –uno de los más antiguos del mundo (S. XI)—; se caracterizaría por una ambientación de época con disfraces y trajes confeccionados de manera artesanal y máscaras icónicas alusivas al S. XVII –lo cual, trasmitiría una atmósfera de misterio y sofisticación—. Es importante mencionar que, las máscaras son un elemento simbólico que representaría la ‘igualdad social’ al ocultar la identidad; aunque, existan fiestas privadas y bailes de máscaras sólo dirigidos a personas VIP. Asimismo, resaltaría el Carnaval de Colonia, que inicia oficialmente el 11 de noviembre a las 11:11 a.m.; empero, al igual que en el resto del mundo, los días centrales
sería en el mes de febrero. Se iniciaría, con la tradicional ‘toma’ del ayuntamiento a manos de las mujeres y el corte simbólico de las corbatas de los hombres; y el punto máximo del carnaval alcanzaría con el desfile de carrozas que lanzarían toneladas de dulces al público. En sus carros alegóricos, decorados creativamente, incluirían a distintas figuras políticas; utilizando la sátira para retratar hechos relevantes de la coyuntura nacional e internacional. En Latinoamérica, sin lugar a dudas, el Carnaval de Río de Janeiro en Brasil sería reconocido como la fiesta popular más importante del mundo. Las Escuelas de Samba, se prepararían todo el año para competir con sus carrozas gigantescas y miles de bailarines; recorriendo las calles con sus espectaculares desfiles y festejos callejeros –llenos de color, samba, plumas y lentejuelas—. Así, se rendiría tributo al icónico Rey Momo; un dios que, provendría de la mitología griega y personificaría el sarcasmo, la crítica y la burla.
En el Perú, los carnavales más representativos se situarían en Cajamarca y Ayacucho; ambos, con sus particularidades bien definidas. El primero, considerado la “Capital del Carnaval Peruano”, con sus carros alegóricos, coloridos disfraces, coreografías, sus ‘clones’ y sus ‘patrullas’ competirían por las calles del centro histórico de la ciudad; el segundo, declarado Patrimonio Cultural de la Nación, se caracterizaría por su música andina en quechua y sus comparsas con coreografías que resaltarían la elegancia y belleza de las mujeres ayacuchanas y sus atuendos típicos –polleras de terciopelo bordadas, blusas de seda con encajes y sombreros—. En ambos casos, con su figura el Ño Carnavalón (Rey Momo), quien inauguraría y cerraría la festividad, y sus yunzas; y, asimismo, con sus coplas picarescas y satíricas, y con espacios para la crítica punzante sobre la realidad política local y nacional. Y, por supuesto, en ambos carnavales exaltándose la esencia de sus orígenes; o sea, el ‘desmadre’ –como diría ese mexicanismo coloquial—, antes de la Cuaresma.
A propósito, en medio de estas celebraciones, no podríamos dejar de destacar el carnaval en Palacio de Gobierno –con un tal ‘pajerí’ y sus visitadoras FAG—; con sueldos exorbitantes y reuniones hasta altas horas de la madrugada. Y es que, como dice la canción, se nos va pasando el tiempo, y la vida se nos va, «carnaval toda la vida y una noche junto a vos, si no hay galope se nos para el corazón»



