Mario Zenitagoya | Otra Mirada
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“Servirse de un cargo público para enriquecimiento personal resulta no ya inmoral, sino criminal y abominable.” (Cicerón)
Con indudable lucidez, el filósofo burgués y posmaterialista del 68 francés, luego convertido en paladín de la causa sarkozysta, André Glucksmann, señaló que, si el combate en el siglo XX había sido entre democracia y totalitarismo, ¿en el siglo XXI el antagonismo es entre democracia y corrupción? ¿Algo hay de exageración en esta aseveración?, sobre todo en el actual contexto de crisis económica y política. La corrupción y crisis económica van de la mano.
“La corrupción no es el problema de unos cuantos políticos o funcionarios codiciosos que, no contentos con meter la pata también meten la mano. Bien al contrario, ataca directamente los fundamentos que rigen la convivencia social, contraviene sus reglas éticas y jurídicas y, en muchos casos, llega a poner en peligro la supervivencia del sistema democrático porque genera una sensación insufrible de que la política es el arte del engaño, de servir al interés particular, de adular a los poderosos y extorsionar a los que no lo son tanto”, asevera Joan Ridao Martín profesor del Departamento de Derecho Constitucional y Ciencia Política de la Universidad de Barcelona (España), la desaparición total de la corrupción dicen que es imposible. Pero resulta innegable que puede combatirse con cierto grado de éxito. En este sentido, caben algunas ostensibles mejoras en los mecanismos de control, pero también tiene que haber un presencia real y permanente de la sociedad civil organizada, en ello los partidos políticos son los llamados en implementar una pedagogía política, siempre y cuando no haya de por medio el circulo vicioso de los eternos dirigentes y candidatos.
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Al respecto de dicha opinión, preguntémonos, ¿si en la actualidad las organizaciones políticas están debidamente organizadas y con sostenibilidad en nuestro país o si los llamados “partidos políticos” practican la pedagogía política o ética moral?, Es todo lo contrario.
Así como los seguidores del reeleccionismo manifiestan a los cuatro vientos de que la “democracia enseña perder y ganar”,. Hagamos memoria este panorama en Ayacucho ¿ dirían lo mismo de no haber logrado su “victoria electoral” a la manera de cómo lo hicieron?. Hay personajes tránsfugas elegidos que “agradece a Dios” por su elección (Judas vendió a Jesús por unas pesetas) y los corruptos que ven la corrupción como el gran “negocio”, son los Judas de estos tiempos, siendo los más dañinos hasta el tuétano al desempeñarse como funcionarios de “mente brillante”. Dicen que “lo bueno está por venir con grandes obras para modernizar la provincia, la región. Ello se llama continuación de negociados.
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Entonces la democracia frente a la corrupción permite la vigilancia ciudadana. Esa es la importancia de la moralización de la política como superación de la corrupción política (no de la simple delincuencia de los políticos).
El problema de la corrupción no es una cuestión sólo política o económica, sino que es una cuestión social. La sociedad debe trabajar en construir una “cultura de la legalidad”, criterio de algunos politólogos.
“Los sinvergüenzas públicos no son sino los sinvergüenzas privados a los que se les ha dado por comerciar con el bien común para su personal provecho”., es el pensar del ciudadano de a pie, que cada día busca encontrar un pan, mientras los enemigos del bien común engordan cada vez más sus billeteras.
¿Por qué luchar contra la corrupción?
Lucha contra la corrupción es combatir un obstáculo central para desarrollo. Se pierden importantes recursos financieros, la confianza pública en el Estado disminuye y se extiende un sentimiento de impotencia e injusticia que puede conducir a conflictos.
Tenemos un camino largo y difícil por delante en la lucha colectiva contra este flagelo que tanto daño viene haciendo al país, región. La corrupción es un problema fundamental de desarrollo. Perjudica a los pobres y merma el progreso. La corrupción no consiste únicamente en el desperdicio de recursos. Es la causa del deterioro de la infraestructura, la destrucción ambiental, el abuso de poder y la exclusión, y el debilitamiento de la confianza.
¿Hay suficiente fuerza moral para combatirla? ¿O seguiremos siendo observadores e indiferentes?



