Jesús Ospina | Símbolos y gestos
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El surgimiento de la Nueva Izquierda marxista en el Perú en los años 60 se entiende desde su contexto histórico: un siglo XX marcado por golpes de estado y una frágil e interrumpida democracia. El ciclo de gobiernos civiles efímeros y ´débiles, y regímenes dictatoriales militares —desde el Oncenio de Leguía, pasando por Odría, hasta el golpe a Prado en 1962— creó un caldo de cultivo para el radicalismo. Esta inestabilidad crónica convenció a muchos jóvenes intelectuales y activistas de que el poder oligárquico y militar era incompatible con una democracia real. La Revolución Cubana de 1959 se erigió entonces como el faro que iluminaba un camino alternativo: la insurrección armada como único método para lograr una transformación socialista.
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La Nueva Izquierda en el Laberinto Político Peruano
Paradójicamente, esta nueva izquierda insurgente nació ignorando en parte la lección fundamental de José Carlos Mariátegui. El Amauta, aunque vivió bajo el autoritarismo de Leguía, había planteado una revolución con raíces en la realidad peruana, que integrara la herencia indígena y construya socialismo desde una perspectiva constitucional, democrática liberal, y desde las bases proletarias y campesinas, sin copiar modelos extranjeros.
En los años 60 surgió un laberinto político ideológico, producido por el fracaso de las guerrillas, y el surgimiento de la gran transformación del reformismo militar de Juan Velasco Alvarado (1968-1975), que ejecutó desde el Estado un proyecto que quebró el poder de la oligarquía y el gamonalismo, liberando al campesinado de estructuras semifeudales. Sin embargo, para la Nueva Izquierda dogmática, este proceso era ambiguo e incomprensible por no encajar en sus esquemas revolucionarios ortodoxos. Velasco hizo, en cierta medida, la “revolución democrático-burguesa” que Mariátegui vislumbró como necesaria con las masas, pero Velasco la hizo de forma vertical, sin que las masas fueran el sujeto activo de su propia liberación.
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Con el retorno a la democracia en 1978, la izquierda peruana se dividió en torno a la democracia. Un sector mayoritario, encabezado por Alfonso Barrantes, aceptó el pragmático mandato de las masas y la realidad, y se incorporó al juego democrático liberal, obteniendo más de un 30% de apoyo popular. Sin embargo, lo hizo sin una convicción teórica sólida sobre la democracia liberal, viéndola más como una etapa táctica coyuntural, que como un valor en sí mismo. Contrario al pensamiento de Mariátegui. Por su parte, Barrantes fue un líder político, conciliador y excelente candidato, pero no un ideólogo para refundar la praxis marxista en un contexto democrático.
Fue esta debilidad teórica y la falta de un liderazgo firme lo que creó un vacío en la sociedad, explotado por el dogmatismo de Sendero Luminoso, con Abimael Guzmán como su ideólogo dictatorial, y mal político, pues copió mecánicamente el modelo maoísta en un contexto radicalmente diferente. Su ambición por el poder y su desprecio por la democracia —incluso cuando era avalada por las masas— lo llevaron a una guerra enfermiza contra el Estado y contra el pueblo que buscaba liberar. Traicionó el legado de Mariátegui al imponer un terror ajeno al contexto, cultura y demandas sociales populares.
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La izquierda marxista, que no apostó por el socialismo democrático de Mariátegui, se encontró acosada: sin fe en el sistema democrático que ayudaba a construir con su presencia, y atacada por el terror senderista, buscó una “tercera vía” que nunca logró articular, y sucumbió.
La lección histórica es que la nueva izquierda asumió la democracia sin convicción, y fracasó. Y el marxismo dogmático y dictatorial opuesto a la democracia liberal, perdió. Ambos, por sus visiones erróneas, abandonaron el vínculo con las masas democráticas que Mariátegui previó. Velasco mostró que los cambios estructurales eran posibles, pero su carácter vertical impidió una apropiación popular duradera. El retorno a Mariátegui es una necesidad para rehacer una visión transformadora y revolucionaria, donde la liberación solo es posible con democracia, liberal y participativa, con el pueblo como protagonista y con una teoría crítica anclada en la realidad, no en calcos ni dogmas.



