UN CALORCITO SERRANITO
Había una vez un Calorcito Serranito que se le dio por bajar de la sierra a la costa.
-Quiero conocer Lima y entregar algo de mí a quienes viven allí- dijo.
Tomó la carretera central y cuando estaba por entrar a Lima; un Frío del Diablo, con un carácter del diablo y vozarrón del diablo, le dijo:
-¡Oye serranito, huele quesito, ¿a dónde crees que vas, eh?!
El calorcito no entendía por qué ese trato, por qué esa cara llena de amargura. Siguiendo un consejo de su abuelo, “El silencio es también una respuesta”, prefirió no hacerle caso y siguió su camino.
Minutos después, no entendió tampoco por qué le miraba tan feo un Humo Negro que surgió de fábricas de la zona quien, cual gigante bravucón, se paró delante suyo impidiéndolo avanzar.
-¿A dónde crees que vas eh serranito, come cancha?
Al Calorcito Serranito le dio tos “¡toj, toj, toj…! No paraba de toser, por lo que rápidamente tuvo que salirse de la carretera y entrar al zoológico de Huachipa, donde habían unos árboles que lo ayudaron a tomar oxígeno y recuperarse. Pero,
asombrado y triste, vio cómo estaban encerrados los animales y tenían frío; jaula por jaula fue pasando, dejando parte de su calorcito en el cuerpo de ellos. Allí se pasó una semana y los animales estuvieron contentos con su presencia, hasta
que decidió seguir su camino y entrar a Lima.
-También tengo que llevar mi energía calorífica a los niños de allá- les dijo y lo despidieron todos dándole las gracias por los días compartidos.
Apenas avanzó unas cuadras, cuando ¡uy!, por un lugar llamado Ceres, se puso tirante la situación: ahora era el Ruido Molestoso que provenía de carros, de bocinas, de choferes y cobradores de micro que gritaban, de gente apurada y
desesperada saliendo de mercados, gritos desaforados de niños jugando en cabinas de internet, que lo obligaron a taparse los oídos, “no puede ser, ni los animales gritan tanto como estos niños y adultos”, meditó. En esa situación estaba,
cuando de pronto apareció de la nada un Viento Poderoso que en agosto es más poderoso y en un dos por tres, le dio un soplido: “¡fuihhhhhhh…!”, y lo regresó varios kilómetros atrás: ¡Hasta Chosica!
Allí, el Calorcito Serranito que ansiaba entrar a Lima, reflexionó: ¡Hummm así que ciertos bandidillos no quieren que entre a Lima, eh, ahora van a ver! Así que ideó un plan, se subió a un ómnibus y allí todos se alegraron: “¡yeahhhhh…!”, y al
sentir su presencia le agradecieron; pero bajando Chaclacayo se pinchó una llanta del bus ¡pissssssss…! (qué mala suerte, ¿no?), este se detuvo, salieron los pasajeros y al aparecer nuestro amigo… tenía al frente al Frío del Diablo, al Humo
Negro y al Ruido Molestoso quienes lo miraron enfurecidos; y segundos después apareció el Viento Poderoso y de un soplido: “¡Fuiuhhhhhhhhhhhh…!”, lo regresó. Esta vez aún más lejos, ¡hasta Matucana!
El Calorcito Serranito se sintió herido en su amor propio, no sabía qué hacer, cómo hacer; él quería entrar a Lima para calentar un poco sobre todo a los niños y niñas, pero no sabía por dónde ir… Entonces, exclamó: “¡Ya sé cómo!”. Bajó al río
Rímac y por sus orillas empezó a desplazarse; así llegó otra vez a Chosica y a Chaclacayo y se aprestaba a entrar por Ate cuando un Monstruo de terrorífica bocaza, salió del río y resultó ser: “La Pestilencia”. Era un ser deforme que se
desplazaba zigzagueando por el cauce, luego de alimentarse con la basura que arrojaban los limeños al río. Este Monstruo lo atajó:
-¡Por aquí no entras a Lima que es una ciudad solo para mí!- le dijo.
El Calorcito Serranito se ofuscó y no pasó más de cinco minutos para tener al frente a sus anteriores enemigos y el Viento Poderoso, otra vez le dio un soplido mucho más fuerte ¡fuihhhhhhhhhhhhhhh…!, que le hizo terminar aún más lejos:
¡por San Mateo!
Fue ahí que empezó a desanimarse de entrar a Lima, se puso triste, se subió a un cerro y de allí alcanzó a mirar cómo la Ciudad de los Reyes se veía cubierta por un manto de neblina y ni un rayo de sol asomaba por ningún lado. Meditaba…
Hasta que las risas de unos niños que provenían de una casa, le llamó la atención, vio por una ventana algo que le hizo exclamar:
-¡Ya sé lo que voy a hacer!
Entró a una cabina de Internet, averiguó algo, salió de allí, marchó por los cerros y bajó por Cañete. De allí se desplazó por el mar y con un pensamiento: “Si no te dejan entrar por la puerta, hay que entrar por la ventana”, descubrió que Lima
tenía no una ventana, sino una “Ventanilla” (un distrito del Callao) por donde podría ingresar a Lima; así que por allí ingresó… Y buscando, buscando, llegó a La Molina y parte de su calorcito le dio a un escritor llamado Óscar Colchado; se fue
luego por el distrito de Los Olivos y le dio otro poquito a Sócrates Zuzunaga; luego se fue a buscar Cuentacuentos y compartió su calorcito, desintegrándose en el cuerpo del Wayqui César Villegas, Gustavo Cabrera, Manuel Conde, Cucha del
Águila y otros más. “Si no puedo llegar directamente a los niños, lo haré a través de los escritores y los cuentacuentos”, pensó y así lo hizo.
Por eso, si lees libros de los mencionados escritores o escuchas a cuentacuentos, vas a sentir en ti, un poquito de… ¡el Calorcito Serranito!
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