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miércoles, julio 17, 2024
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EL PARQUE DE FABULINKA 273

Edgard Bendezú | El Parque de Fabulinka
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Niñuchas: Hoy quiero manifestar mi cariño a Huamanga y Ayacucho, porque tengo familiares en dos distritos de Lucanas: Ocaña y Laramate. Y también porque conozco a lindos amigos, escribí el cuento CAPERUCITA ROJA EN HUAMANGA, donde intervienen Ranulfo Fuentes, Kiko Rebatta, Consuelo Jerí, Sócrates Zuzunaga y Magno Sosa.

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CAPERUCITA ROJA EN HUAMANGA

Nunca te has preguntado: ¿Y qué pasó con Caperucita Roja después del hecho que ocurrió con el lobo?… pues, ahora lo vas a saber: Resulta que Caperucita Roja, se asustó como nunca, paraba temblando, no comía, tenía pesadillas y problemas para dormir; no podía ni conversar con nadie, no salía a jugar, le causaba pánico oír la palabra “bosque”. Por todas esas cosas, un psicólogo aconsejó a su padre (¡en el cuento ni lo mencionan, caray!) y a su mamá, a que la llevaran lejos, lejos donde nadie le haga recordar tan infausto suceso, “está mal de los nervios, ¿Quién estaría bien después de estar en la panza de un lobo?”, añadió. El abuelo Don Porfirio, manifestó que tenía parientes en el Perú, exactamente en Huamanga, Ayacucho, un pueblo de los andes.

Días después, Caperucita se despidió de su abuelita, a la cual la trajeron a casa, para que no esté en el bosque solita. “Cuídate querida nieta, te quiero mucho”. “Yo también abuelita, hasta pronto”.

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Y fue así como Caperucita, enferma de los nervios, subió a un avión y cruzó el Océano Atlántico… Una mañana, en la Empresa de Transportes Molina, llegó a Huamanga acompañada de sus padres. Nadie lo sabía… hasta que Magno Sosa, periodista ocioso, perdón, acucioso, dio a conocer la noticia: “¡Caperucita Roja está en Huamanga, Caperucita Roja está en Huamangaaa…!”. Y los niños y niñas, por cientos, presurosos, curiosos, pronto estuvieron en casa preguntando por ella. Pero sus familiares supieron contestar: “Ha viajado a Huanta niñuchas, cuando regrese les avisaré”. Los niños se fueron corriendo, otros en caballos y burros y otros en buses, hacia ese lugar… Y la verdad es que no se había movido de casa y con el fin de que no la reconocieran y pudiera estar tranquila unas semanas, se les ocurrió vestirla con un poncho de alpaca; y así jugaba con sus primos y primas, sin salir de casa, por el zaguán nomás. “Aquí no hay lobos, así que tranquila nomás primucha”, le dijo una de ellas.

Pero humm… ¿ustedes creen que los familiares del Lobo Feroz, se quedaron tranquilos con su muerte?… nooooo estaban molestísimos, los familiares de él estaban furiosos, bramando: “¡No debieran matarlo así a nuestro pariente quien no era feroz, nomás padecía de tos; grrr vamos a vengar su muerte grrr…!” Así que noche tras noche estuvieron rondando la casa de Caperucita Roja y veían a la abuelita nada más. Una mañana, en que la abuelita salió a comprar pan, dos lobos disfrazados de personas, preguntaron por ella: “Somos sus amigos y queremos jugar con ella”, le dijeron; y la abuelita, inocentemente, les dijo: “Se la han llevado al Perú, a un pueblo llamado Ayacucho”. Se quedaron taimados, perplejos, zonzos, rascándose la cabeza sin poderlo creer. Ya en casa, uno de los lobos, manifestó: “¡Vamos a llamarlo por celular a nuestro primo el zorro! “Pero no tenemos su número”, dijo otro. “Ya sé que vamos a hacer –dijo el tercero- actualícense pues, vamos a buscarlos por internet, por Facebook”.

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Y así lo hicieron, la tecnología ayudo a los enfurecidos lobos a encontrar al Zorro Andino, quien enterado de los hechos, juró vengar la muerte de su primo, el lobo que no era feroz, nomás tenía tos. “Pobrecito, echarle piedras en la panza, debe haberse ido de hocico varias veces por el peso y por la tremenda sed que tenía, seguro se ahogó en el río”. En la noche, después de la cena, continuó el Zorro Andino analizando la situación, concluyó que “mejor es no hacer nada hasta que pase un tiempo, pero…”.

El tiempo pasó volando volando y Caperucita se adaptó y un mes después –con ayuda de sus primos y primas- ya estaba calmada, ya no temblaba, podía dormir, sonreía; definitivamente se había olvidado el asunto del lobo y se aprestaba a salir a la calle. Ella no sabía pero todo ese tiempo estaba vigilada por el zorro majadero, quien vigilaba la casa donde ella vivía.

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Caperucita Roja aprendió a pelar tuna y ni una sola espinita, se insertó en sus manos; aprendió a comer cancha, caputo, y como paraba en casa, aprendió a cocinar ricos potajes como puca picante (pero sin ají, porque era niña); guiso de quinua con queso, tamales, pachamanca, entre otros platos. Lo que se volvió su comida favorita fue la sabrosísima patasca o caldo de mondongo; cada domingo esperaba con ansias que le sirvan aquella comida.

Dos meses después ya salía de casa, acompañada de sus primos; tres meses después, ya jugaba a la matagente, a las escondidas, juegos de internet… pero una tarde que regresaba sola, le llamó la atención el interior de una casona, donde unas voces cantaban huaynos y carnavales “Adios pueblo de Ayacuuchoo perlachallay, tierra donde yo he naciiidoo perlachallay… Yo no quiero ser el hombreee… ”. La curiosidad pudo más que los consejos de mamá, abrió la puerta y entró a un zaguán. Allí conoció después de saludar, a los cantantes Kiko Rebatta, Consuelo Jerí y al compositor, un abuelito que la cautivó con su guitarrear y su gracia al conversar: Ranulfo Fuentes; y de ellos aprendió canciones ayacuchanas que le hicieron bailar y zapatear, hasta ponerse muy contenta.

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*Continúa la próxima semana.

*Extraído del libro Cuentos Clásicos a lo Fabulinka

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