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El peligro del realismo tonto en la vida política y académica | Opinión

Rudy Anyosa | Visión global
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El realismo tonto es la idea según la cual, cuando alguien discrepa con nosotros o nos critica, asumimos de inmediato que esa persona sabe menos que nosotros, que nos envidia o que es un ignorante. Este concepto volvió a mi memoria tras las declaraciones del gobernador regional, quien, ante los cuestionamientos por el mediocre desarrollo de los Juegos Bolivarianos en Ayacucho, respondió que quienes lo critican “son unos imbéciles”, intentando justificar su reacción con una frase atribuida a Albert Einstein, según la cual existen dos cosas infinitas: el universo y la imbecilidad humana.

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Otra manifestación del realismo tonto se observa entre quienes creen poseer un gran conocimiento, como algunos docentes universitarios, que, por el solo hecho de ostentar grados académicos, se consideran “lo máximo”, exigiendo que se les llame “doctor” en todo momento. Pero la realidad demuestra que todos tenemos algo que enseñar y, al mismo tiempo, algo que aprender de los demás, sin ninguna distinción.

El realismo tonto no es un buen consejero para las autoridades, para los docentes ni para nadie. Por el contrario, quienes creen saber más que el resto, que se presentan como parte del 2% de las personas más exitosas del mundo y actúan como si fueran seres iluminados, terminan perjudicándose a sí mismos. La gente común comienza a perderles el respeto, luego a burlarse de ellos y, finalmente, a detestarlos.

Cuanto más sabe una persona, más sencilla debería ser. Lo más valioso en un ser humano es su don de gente, no su cargo ni su grado académico. Como se dice en el ámbito universitario: primero se forman buenos ciudadanos y luego buenos profesionales, siempre sobre la base de principios éticos.

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