Lalo Quiroz | El Partero
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En marzo de 2020, la pandemia del coronavirus se oficializaría en el país; y, con ella, no solamente se pondría de manifiesto nuestro precario sistema público de salud sino también el de nuestra educación pública. Así, esta pandemia nos dejaría además de pérdida de vidas y daños en la salud física y mental, la noción de una educación ‘descartable’ en la sociedad de consumo.
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Ese año, tras haber regresado de concluir la maestría en Estudios de la Cultura y Políticas Culturales, continuaría mis labores como docente en la Escuela Superior de Formación Artística Pública “Felipe Guamán Poma de Ayala” de Ayacucho; y, al igual que en todo el país –y en el mundo—, el aislamiento obligatorio habría conducido a la implementación del trabajo remoto y el inicio de la educación virtual. Si bien, el Estado otorgaría a las instituciones educativas la prerrogativa de implementar la virtualidad en mérito a sus propias necesidades y requerimientos –como sucedió, entre muchas otras, con la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga, que prefirieron evaluar la situación antes de tomar acciones—; sin embargo, no sucedería lo mismo con otras instituciones educativas como en la que enseñaba, en donde su plana directiva izaría la bandera de la modernidad y afirmaría alegremente que ‘la virtualidad había llegado para quedarse’. Y así, sin ninguna medición de la situación y la realidad de los estudiantes, se aventurarían a implementar la modalidad virtual y darían inicio al año académico –incluyendo la convocatoria del examen de admisión, también, virtual—; es decir, en una escuela de formación artística con especialidades como pintura, escultura y grabado, en donde el 50% de las horas son talleres prácticos y se requieren espacios y mobiliario adecuados y equipos necesarios, se optaría por la virtualidad. La conclusión fue, que ese año un gran número de estudiantes desertarían –porque no estaban de acuerdo o no podían sostener una formación virtual— y otro gran número de estudiantes verían esta ‘nueva normalidad’ como una oportunidad para concluir ‘rápido y como sea’ con su ‘profesionalización’.
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Y es que, como lo manifestaría en múltiples oportunidades ‘dentro’ de la institución –por lo cual, me ganaría amonestaciones e imputaciones falsas—, la modalidad virtual estaba condenada a un eminente fracaso en una escuela de formación artística; y, peor aún, su aplicación sólo conllevaría a la pauperización de la educación impartida. Más aún, si tomábamos en cuenta la compleja realidad de la gran mayoría de estudiantes: escasos recursos para realizar recargas de datos para conectarse el tiempo requerido, falta de equipos necesarios y de ambientes adecuados, zonas de residencia alejadas y de difícil conectividad, entre otros.
Sin duda, entre tantas cosas, la pandemia pondría de manifiesto –en este caso, desde el ámbito de la educación— las brechas de desigualdad en todo el país y en el mundo: sólo tendrían acceso a la educación virtual los que tenían acceso a la suficiente tecnología, ¿y el resto? sólo les quedaría hacer una pantomima con su formación. Un estudiante enviaría una foto como evidencia de su ‘asistencia’, a un grupo de WhatsApp, en donde aparecía sobre un árbol tratando de ‘conseguir’ señal; lo cual, motivaría que una profesora lo resalte como un ejemplo loable de aquel que no se queja (léase exige una buena educación) sino encuentra soluciones ante la adversidad. ¿Resiliencia o romantización de la pobreza?



