Lo que nos debe llevar a reflexionar sobre la conveniencia de nuestra dependencia como país de una economía extractiva, que en su mayoría se cimienta en la actividad minera.
Y plantea la oportunidad del cambio a una economía del conocimiento, creativa y verde que sea sustentable en el tiempo y que pueda resistir de mejor forma los impactos de una economía globalizada, donde son las materias primas (commodities) las que sufren una mayor volatilidad y caída por los vaivenes de la inestabilidad internacional política y social que tiene eco en la economía al otro lado del planeta.
Si continuamos cifrando todas nuestras esperanzas de desarrollo en una economía extractiva como la minería, con el reciente descubrimiento del yacimiento de oro en África, ello significará una crónica de una muerte anunciada, por la crisis que devendrá en esta década, al existir una mayor cantidad de oferta disponible en el mercado del oro, su precio caerá a niveles históricos.
Estamos a tiempo para diversificar nuestra economía fortaleciendo la infraestructura turística para recibir a más visitantes y fomentar nuestra marca país, a partir de la reputación gastronómica conquistada.
A su vez, tenemos que implementar una política nacional de innovación transversal en todos los sectores económicos como la industria textil, agroexportación y vitivinícola, entre otros, donde la vinculación entre la universidad, la industria y la sociedad acompañada por el Estado sea clave para lograr mayor competitividad nacional basado en innovación que se traduzca más allá de productos o servicios en activos intangibles que constituya la base de una sociedad que le de valor al conocimiento y la creatividad.
Para ello, necesitamos de la voluntad política para llevar adelante un proyecto país, donde todos nuestros representantes dejando a un lado sus diferencias ideológicas y sus interés personales partidarios o de clase viremos hacia un mismo rumbo.
Desde luego, no podemos sembrar sobre campos infértiles, son los partidos políticos hoy, quienes representan el mayor obstáculo al bienestar del país, quienes eligen tan mal a sus candidatos que nos hemos acostumbrado a la frase del mal menor.
Ya no buscamos a los mejores, sino que nos resignamos al mejor entre los peores, es una suerte de ironía que la democracia que se construyó como medio para que todos, sin importar nuestro origen podamos aspirar en función de nuestras mejores capacidades a representar a la comunidad.
Sin embargo, la política partidista ha hecho de la democracia una suerte de selección de los que tiene los medios para postular, donde no basta la capacidad sino que ello debe estar reflejado en la espalda financiera para auspiciar la campaña electoral.
Siendo este una de las causa de la corrupción en la política, ya que aquellos que no tiene los medios propios para postular, terminan empeñando su palabra y gestión al servicio de subalternos intereses.
Bien haríamos quizás con reconciliarnos con los orígenes de la democracia que es la nacida en el Estado Griego de Atenas, donde se sancionaba a aquellos personajes que amenazaban el sistema democrático acumulando demasiado poder con la pena del ostracismo que era una suerte de exilio y su correspondiente muerte de la vida pública.
Toca pues restaurar el ostracismo para nuestros políticos, ya que siendo la voluntad popular quien les otorga el ejercicio del poder, es el pueblo quien también debe contar con un mecanismo para revocarlo.



