La pandemia nos afectó a todos. Pero ahora aparecen los vivos que quieren aprovecharse de un gobierno débil, casi sin norte, agravado por el interés de la derecha de vacarlo a cualquier costo.
Por eso, los integrantes de gremios, como la Sociedad Nacional de Industrias, no ocultan sus esperanzas de que este paro de transportistas sea el comienzo del fin del gobierno de Pedro Castillo.
Quieren repetir en el Perú la experiencia chilena, que terminó, como todos sabemos, con el bombardeo a la Casa de La Moneda, sede del gobierno de ese país y el asesinato de Salvador Allende, cerca de 40 mil detenidos en el Estadio Nacional convertida en una enorme prisión. Muchos de los ingresaron a ese estadio el fatídico 11 de setiembre de 1973 y durante la semana siguiente, nunca más salieron.
Los crímenes de la derecha latinoamericana son incontables y siempre han utilizado al lumpen, a todos aquellos que se prestan por unos centavos a bloquear carreteras, a quemar llantas, defendiendo la avaricia de sus amos: los dueños de esas combis y custer que manejan.
Tendrían todo nuestro apoyo, si fuera un paro de los choferes y cobradores exigiéndoles a los propietarios de las empresas de transporte, que los pongan en planillas, que les paguen un salario digno porque eso les corresponde porque conducen personas.
Y que, en su pliego, exijan que el gobierno, controle que ellos no pueden manejar más de seis horas, diarias y en dos turnos de tres horas, porque la responsabilidad y el estrés les afecta física y sicológicamente.
Porque este paro del transporte, no es de los trabajadores, es un paro de propietarios, de personas para quienes lo importante es el lucro. Países que nadie puede calificarlos como socialistas, populistas o comunistas, como es el caso de Canadá, Francia, Bélgica, el transporte urbano es un servicio que da el gobierno local o estatal a los ciudadanos.
Por eso, cuando uno ingresa a una estación del metro de Nueva York uno lee que: este servicio esta subsidiado por el Estado de Nueva York, es decir es una empresa del gobierno estatal. Y, por supuesto, los tranvías y buses están conectadas a la red de los metros que funcionan en esa ciudad. Y Nueva York no es comunista tampoco populista.
Si hay algo que debería seriamente ser nuevamente estatizado y entregarlo a los gobiernos regionales o municipales, es el servicio de transporte urbano, no para que sea la empresa rentable, sino que tenga subsidios para que sea un servicio eficiente y que beneficie a los ciudadanos.



