InicioCOLUMNISTASPIZARRATodos queremos una guerra mundial

Todos queremos una guerra mundial

como el YouTube, pero queremos que la tercera guerra mundial estalle en nuestras pantallas digitales. Lo añoramos y deseamos desde hace mucho tiempo. Nos consideramos una generación que envidia a la generación de las guerras mundiales. Porque creemos que la guerra muy a pesar de su destrucción humana es vida acelerada, es velocidad, es anarquía, es resurrección. ¿Qué cosa tan ilógica es nuestra psiquis humana? Este inconsciente colectivo es la misma historia que se repite y que queremos repetirlo, pues la destrucción, la mundialización de la guerra y todo lo que trae como consecuencia también es una forma de trascender y dejar huella para un colectivo humano. Quizás en el futuro otras generaciones querrán dejar como herencia el paraíso, pero este no es el caso.

Nosotros los seres humanos en su totalidad necesitamos de esta catarsis global y que nuestras emociones estallen en millones de pedacitos (eso sí, desde la pantalla). Es el hastió de vivir en un mundo donde el sin sentido se ha vuelto más anárquico y la banalidad de la vida es tan evidente que el Covid nos hizo recordar lo que somos. Todos en este mundo digital lo deseamos al unísono, damos un canto virtual y una marcha fúnebre tal como cuando Hitler asumió la cancillería alemana en 1933. Queremos que Putin meta todos sus tanques en Europa del Este, pero también queremos que China firme una alianza con Rusia, para que este juego letal y global entre la Federación rusa y la OTAN no sea sólo sea mortífero, sino más “equitativo”, más “humano” más “imparcial”. En nuestras redes – si cabe el término – queremos una guerra mundial y una “matanza justa”.

Con la pandemia global hemos desarrollado nuestros miedos, nuestros temores, y a sólo un clic, podías ver imágenes de muerte a diestra y siniestra. Desarrollamos, a su vez, una relación de miedo e insensibilidad. El miedo radicaba en que el virus no sea letal con nuestro cuerpo o que nunca nos contagie. El temor a que nuestro cuerpo requiera de balones de oxígeno era nuestra peor pesadilla, pero paralelo a ello las cifras de muerte a nivel global, eran sólo eso, cifras, números y estadísticas. Nos importaba un bledo los países “en vías de desarrollo”. Les importaba poco los muertos tirados en las calles de Guayaquil o la saturación de pacientes en los hospitales de Lima y en las favelas de Sao Paulo.

La muerte se naturalizo, nuestra insensibilidad hacia ella se hizo nula, tal como ahora, tal como el bombardeo a la ciudad ucraniana de Mariupol o las matanzas en Bucha. En otras palabras, esa relación de miedo e insensibilidad se activa en la medida que las cámaras enfocan el lugar de la matanza. El miedo también es placer, más aún cuando no somos los protagonistas de esa carnicería. Ahora Yemen nos importa nada, es un lugar lejano, un mundo desconocido. Y lo que ocurra allí ¿A quién le sensibiliza? Muevan un poco la cámara hacia al sur de la península arábiga y veras cómo se activa nuestro placer, esa nefasta relación entre miedo y deleite.

Y si las cosas van así, no tardará mucho que el fantasma de la guerra toque nuestras puertas. Y cuando eso ocurra, ese deleite y placer por la muerte se borrará de nuestros rostros, ya no seremos esos expectantes virtuales, sino los protagonistas directos de lo más desalmado de la acción humana.

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