LOS TRES CHANCHITOS EN EL PERÚ
De tanto soplar y soplar la casa de los tres chanchitos, el Lobo Feroz… ¡terminó con tos! Tanto se dañó su garganta que, días después de los hechos conocidos, tenía sensación de ahogo y se fatigaba fácilmente. Además, tenía su nalga chamuscada en el intento de entrar por la chimenea.
―¡Ay, mi nalga está muy fea! ―se quejaba.
Pobrecito, con el paso de los días aumentó su tos y no podía ni peinarse, ni vestirse, ni ponerse los zapatos… y cayó muy enfermo, en cama.
Fue ahí que aparecieron sus familiares y todos juraron vengarse de esos tres malvados chanchitos. “¡Vamos a hacer chicharrones con ellos!”, amenazaron.
Y enrumbaron furiosos a casa del chanchito que tenía casa de ladrillo; pero menos mal, el lorito Kokorucho, que estaba de paseo en Estados Unidos, alcanzó a escuchar las amenazas de los lobos y voló rápidamente hacia New York, que era donde vivían los tres chanchitos.
―¡Huyan amigos, rápido, rápido, tienen que marcharse, vienen tres lobos furiosos por ustedes!
―Pero, ¿a dónde podemos ir?
―Vamos, yo conozco a un amigo que tiene un barco, ¡vamos donde él!
Al rato, por las aguas del océano Atlántico se dirigieron al canal de Panamá, llegaron al océano Pacífico y huyeron hacia América del Sur.
Así, llegaron al Perú y desembarcaron en Pisco, de allí fueron a vivir a Ica. Y entre ellos hubo discusiones y otra vez cada uno decidió marcharse por su lado.
El hermano menor, el que no entendía razones y era muy lento y flojo, pensó: “Aquí hace calor, así que construiré una casa de paja, será más ventilada; además, resulta mucho más fácil de hacer”.
El hermano intermedio, amaba estar en fiestas y bailar antes que dedicarse al trabajo, y pensó: “Aquí no hay lobos, así que, para qué voy a esforzarme en construir una buena casa; con que sea de adobe, será suficiente”.
El hermano mayor, sin tomar en cuenta las opiniones de sus hermanos, dedicado al trabajo y al estudio, leía un libro tras otro y recomendaba hacerlo a sus hermanos, pero no le hacían caso; decidió con un ingeniero llamado Gabriel Franco, construir su casa de ladrillo. “Me demoro más, me costará más esfuerzo, pero es más seguro”, opinó.
Pasaron los meses sin ninguna novedad, hasta que un 15 de agosto, no reapareció el Lobo Feroz, sino, se produjo más bien un terremoto feroz… y la casa de paja del chanchito menor, se cayó; lo mismo ocurrió con la casa del chanchito intermedio; y la única que resistió tal movimiento fue la casa del chanchito mayor. Allí se aparecieron los menores pidiéndole posada.
―¡Ustedes no aprenden, que les sirva de lección! Es tiempo de construir una buena casa, tendrán que esforzarse, pero es más seguro ―les amonestó y añadió―: Pasen, pasen hermanos.
Pero una tarde reapareció el lorito Kokorucho, avisándoles que había visto al Lobo Feroz desembarcando en Pisco. “Me he sorprendido, lo he visto recuperado, de buena salud, junto con el Lobo “Grita por gusto” y el Lobo “Mata por gusto”.
El chanchito menor, exclamó:
―¡Ay, qué miedo! ―Y se orinó temblando asustado.
El chanchito intermedio, exclamó:
―¡Uy, qué miedo! ―Y se le dio por toser, también temblando asustado.
El chanchito mayor, más sereno, pensaba qué hacer. El lorito Kokorucho, les propuso:
―Mejor escapen a la sierra de Huancayo.
Y así lo hicieron.
Meses después, cerca del río Mantaro, decidieron construir solo una casa; pero esta vez, no el Lobo Feroz, sino un huayco feroz, destruyó la casa porque construyeron por donde antes era el cauce de un río. “Un zorro disfrazado de cordero nos ha engañado”, dijo el chanchito mayor, mortificado.
Esa misma noche, reapareció el lorito Kokorucho, avisándoles que había visto a los malvados lobos, bajando de un bus en el Terminal de Huancayo.
―He visto a los tres. Se nota que están muy furiosos. “¡Apenas los encontremos a esos tres chanchitos, los vamos a freír en una sartén!”, así ha dicho uno de ellos.
El chanchito menor, exclamó:
―¡Ay, qué miedo! ―Y se orinó temblando asustado.
El chanchito intermedio, exclamó:
―¡Uy, qué miedo! ―Y se le dio por toser, también temblando asustado.
El chanchito mayor, más sereno, pensaba qué hacer.
El lorito Kokorucho, les propuso:
―¡Mejor escapen a la selva amazónica!
Y así lo hicieron. Subieron a un bus y llegaron a Tarapoto. Por los alrededores, al cabo de esforzadas labores construyeron una casa de ladrillo.
Y así vivieron felices durante algunos meses hasta que un mediodía, escucharon una voz ronca, decir:
―¡Al fin los encontramos chanchitos, todos juntitos eh! ―Y empezaron a reír burlonamente.
El chanchito menor, exclamó:
―¡Ay, qué miedo! ―Y se orinó temblando asustado.
El chanchito intermedio, exclamó:
―¡Uy, qué miedo! ―Y se le dio por toser, también temblando asustado.
El chanchito mayor, tembló también esta vez. “Son tres lobos, es más difícil de escapar”, pensó. Pero se armó de valor y contestó, detrás de la puerta:
―¡Nosotros no les hicimos nada…!
―Ahora los comeremos como cecina, con o sin tacacho. Es la hora de nuestra venganza, ja, ja, ja… ¡Mejor es que salgan, sino soplaremos hasta tumbar esa casa donde están!
―No podrán tumbarla porque es de ladrillo ―dijo el chanchito menor.
―Sí podremos, somos tres y muy poderosos, más que sajinos apestosos, ¡ja, ja, ja…! Aunque sea salga uno por ahora, para calmar nuestra hambre, ¡ja, ja, ja…!
Los tres chanchitos, abrazaditos se miraron y dijeron:
―¡No saldremos!
Entonces los tres lobos contaron:
―¡A la una, a las dos y a las tres, soplemos yaaa…!
Y en verdad, soplaron… y soplaron… y soplaron tan fuerte, que una feria de libros en la plaza mayor de Tarapoto, se cayó; la casa del alcalde Miuler Vásquez, tembló; los hombres que caminaban por las calles se quedaron calvos, porque increíblemente, sus cabellos eran arrancados por el viento; la ciudad se cubrió de polvo; varios papagayos perdieron sus plumas y los monos se quedaron calatitos. Las paredes de la casa donde estaban los tres chanchitos resistió, pero no así una parte de su techo que era de calamina y fue levantado casi hasta las nubes por el viento. Aprovecharon eso los tres lobos para trepar por las paredes y los tres chanchitos, se miraron angustiados. Y las risas burlonas se escucharon cada vez más cerca de ellos… Entonces, reapareció el lorito Kokorucho y les dijo:
―¡Acompáñenme, síganme, síganme…!
Y lo siguieron. Los tres lobos dándose cuenta de esto, empezaron a perseguirlos por la ciudad, después por el bosque; corrieron y corrieron… hasta que los tres chanchitos llegaron al Castillo de Lamas; abrieron un portón, entraron y le echaron cerrojo.
Los tres lobos llegaron y amenazaron:
―¡Ese pajarraco Kokorucho, no podrá impedir que los comamos, este castillo también va a caer! ¡A la una, a las dos y a las tres, soplemos yaaa…!
Y otra vez, empezaron a causar estropicio en los alrededores. Pero el Castillo de Lamas no caía por más fuerte que soplaban. Dentro del castillo, despertó su propietario, el italiano Nicola Felice, que estaba durmiendo y al ver a los tres chanchitos, desesperados, y al lorito Kokorucho, que era su amigo, preguntó:
―¿Qué es lo que pasa, amigo?
El lorito Kokorucho, rápidamente le explicó… Nicola Felice, afirmó:
―¡Pero no pueden huir todo el tiempo, hay que enfrentarlos!
Y salieron a ver por los torreones y al darse cuenta de que los tres lobos estaban cansados, débiles y con la lengua afuera de tanto soplar, Nicola Felice, sacó un instrumento amazónico llamado manguaré y toco… tocó… tocó…
Y aparecieron niños y adultos, lanzando flechas, lanzas y piedras; y luego, aves y otros animales atacando, cada uno a su manera. Los tres lobos, en su afán de escapar, cansados y debiluchos, huyeron desbandados en distintas direcciones. Una hora después, dijo un guacamayo:
―¡Un iracundo carnero los embistió fuertemente a cada uno por detrás!, ¡poc! ¡poc! ¡poc! Y fueron lanzados por el aire. Los tres iban gritando ¡aúuuuuuu…! Y sus cuerpos cayeron en un lago de Estados Unidos.
Así termina esta historia, con los tres chanchitos viviendo en el Castillo de Lamas y ahora… Ya estoy cansado, ¡la cama, me llama!
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