Nelson Pereyra | Larga duración
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Como ocurre año tras año, la Semana Santa se erige como un paréntesis en nuestra agitada vida cotidiana, porque en ella los ayacuchanos transformamos nuestras rutinas, realizando acciones que son ajenas en la mayoría del año. Es un momento donde lo sagrado y lo festivo se entrelazan en una mezcla única: desde la participación en misas y procesiones, hasta la visita a iglesias, ferias y eventos folklóricos.
Sin embargo, para Ayacucho este paréntesis tiene un significado aún más profundo, porque la ciudad se convierte el epicentro de peregrinación de visitantes que llegan para observar las procesiones, participar en las celebraciones festivas y disfrutar de los servicios turísticos que se ofrecen. De esta manera, la Semana Santa ha cambiado de ser una celebración puramente religiosa a un fenómeno turístico de gran importancia, que fusiona la piedad con el disfrute secular.
Este proceso de transformación es evidente en las propias procesiones, que han dejado de ser únicamente actos litúrgicos para convertirse en espectáculos de participación popular. Junto con las procesiones se desarrollan festivales que responden a las demandas de la vida moderna, dándole a la celebración un carácter híbrido, a caballo entre lo religioso y lo festivo.
En tiempos de globalización, la transformación también consiste en la aparición de nuevas procesiones que no figuran en el programa oficial, como la procesión del Señor de la Sentencia del Martes Santo. Esta procesión parte de la capilla del Señor de Arequipa y recorre las calles aledañas al cementerio. Se trata de una reciente manifestación de piedad popular que, aunque no forma parte del itinerario tradicional, ha ganado una significativa devoción en los últimos años.
Este año pude ser testigo de una de las procesiones más singulares: la que se celebró en el barrio de Soquiacato. Por segundo año consecutivo, la procesión del Santo Sepulcro o Santo Entierro de Cristo, acompañada de la Virgen de la Soledad, recorrió las calles adyacentes al barrio y al mercado Carlos F. Vivanco. Aunque la concurrencia no fue masiva (era el Viernes Santo a las 5 de la tarde), lo que la hizo destacar fue su carácter auténtico y profundo.
La procesión en Soquiacato fue el colofón de un acto ritual conocido como el “desenclavo”. En este acto, unos “santos varones” descendieron una imagen articulada de Cristo, previamente colocada en una cruz en el presbiterio de la iglesia, para luego disponerla en una tarima. A continuación, los participantes, vestidos con túnicas y capirotes —al estilo de los nazarenos de la Semana Santa sevillana— comenzaron el recorrido procesional. La imagen de Cristo, yacente, fue paseada con el acompañamiento de mujeres vestidas de luto, usando “manolas” sevillanas o mantillas que cubrían sus cabezas.
Esta procesión, tan peculiar y conmovedora, no solo fue un acto de fervor religioso, sino también un reflejo de la globalización. La indumentaria de los participantes y la propia estructura del acto —que recordaba las celebraciones de Sevilla— evidencian cómo los elementos de la Semana Santa española han sido reinterpretados en un contexto tan distinto como el de Ayacucho. Esta fusión no es casual: es una manifestación de cómo las tradiciones locales se entrelazan con influencias globales, creando una experiencia religiosa que trasciende los límites de lo local.
Como acertadamente señaló el profesor Walter Bustamante, estas procesiones “marginales” a la celebración oficial configuran lo que él ha denominado una “Semana Santa alternativa”, en la que la devoción y la piedad sobresalen por encima del espectáculo turístico que caracteriza a las procesiones oficiales. Estas manifestaciones son un reflejo de las recientes transformaciones que ha experimentado la Semana Santa ayacuchana, una festividad que sigue navegando entre la sacralidad y la festividad, adaptándose al tiempo que le toca vivir.
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